ESTRENOS
'Flawless', una brillante venganza
RENE JORDAN
Crítico de cine/El Nuevo Herald
Diamonds are a Girl's Best Friend cantaba Marilyn Monroe, pero los diamantes no han sido buenos amigos para Laura Quinn (Demi Moore). Todo lo contrario. La han traicionado en el multimillonario emporio londinense donde ella llegó a la máxima posición posible para una sutilmente arrinconada neoyorquina. Cuando se entera de que, además, van a despedirla, Laura vibra con el virus de la venganza.
Por suerte, comparte el resentimiento con un anciano encargado de la limpieza en pasillos ante las bóvedas. Hobbs (Michael Caine) tiene un plan cronometrado para penetrar en el recinto y llevarse un termo lleno de brillantes, con un millón para él y otro para la cómplice, si le consigue la combinación. Laura Quinn (Demi Moore) accede y se asombra al comprobar que Hobbs fue más allá del prometido termo y desvalijó montañas de cristalinas joyas.
Michael Radford prefiere dirigir sus propios guiones, pero lo atrajo el que recibió por correo, enviado por Edward Anderson, que vive en Estados Unidos y nunca había visitado Inglaterra. Después de unas 50 versiones para britanizarlo, Radford consigue una fantasía de revancha entre dos socios en pareja dispareja. Según el director, no es un típico filme de robo de altura a lo Rififi o Bank Job, sino un thriller psicológico en el que dos personalidades divergentes diseñan un desfalco monumental, no por codicia, sino por rencor.
Hasta dormido, Caine puede encarnar a un vejete socarrón como Hobbs, pero despierta para darle al rol un barniz de dignidad ofendida y un sustrato justiciero de ladrón que roba a ladrón. Como actriz, Moore tiende a la rigidez perjudicial en Indecent Proposal o Disclosure, pero Radford aprovecha al máximo esa inflexibilidad y la incorpora al personaje de Laura Quinn, una mujer que luchó por trepar a nivel inaccesible y allí se aferra aunque le den candela.
En sus secuencias mejor talladas, el filme es brillante, pero Flawless no es tan perfecta y sin fallas como promete el título. En el prólogo y epílogo, Radford sucumbe al sentimentalismo como en Il Postino, para justificar y hasta casi santificar a Hobbs y Quinn. A sus deliciosos delincuentes les sentaba mucho mejor el latrocinio que la caridad.