ESTRENOS
'Forgetting Sarah Marshall', ciertamente olvidable
RENE JORDAN
Crítico de cine/El Nuevo Herald
Con Knocked Up y Superbad, Judd Apatow creó una miniindustria de producir películas que se atreven a estirar los límites de la clasificación ''R'' hasta el borde, pero sin caer en la temida y prohibida ''NC-17''. En Forgetting Sarah Marshall, Apatow se ha confiado en Jason Segel, un actor que empleó en sus series de televisión, para escribir el picaresco guión y calzarse el rol estelar. El éxito final dependerá de la aceptación pública de un factor impredecible.
Segel es un tipo grandulón y bien parecido. Puede hacer fortuna como galán, pero en cuanto a sus dotes cómicas... hay opiniones. Basta sentarse en el cine para notar que a algunos les provoca carcajadas y a otros los deja impávidos. Segel llama la atención publicitaria porque Apatow --siempre listo a desafiar tabúes-- lo deja mostrarse por unos segundos frontalmente desnudo. Osado gesto porque, en ese aspecto, tampoco tiene nada de particular.
En el endeble argumento, Peter Bretter (Segel) compone música para una serie policíaca de TV en la cual su novia, Sarah Marshall (Kristen Bell) es la estrella. Cuando ella lo encuentra al salir de la ducha, en cueros vivos y sin toalla, le deja caer la noticia bomba de que lo va a dejar por otro. Seles se pasa la película llorando a mares, especialmente al hospedarse por maldita casualidad en el mismo hotel de Hawai donde Sarah disfruta de vacaciones sexualmente acrobáticas con el astro inglés del rock, Aldous Snow (Russell Brand, repartiendo a burbujones la gracia natural que a Segel le falta).
Los fieles del equipo usual de Apatow (Paul Rudd, Bill Hader, Jonah Hill) asumen papelitos insignificantes para ayudar al jefe, y la muy bonita Mila Kunis se une al esfuerzo de apuntalar el vodevil en derrumbe. Hay frecuentes menciones de orgasmos, erecciones y condones para encandilar a los menores que se cuelen sin permiso en el cine, mientras que los mayores de 17 compiten en el Maratón del Bostezo.
Por si lo anterior fuera poco, Bretter sueña con escenificar una opereta basada en Drácula y cantada por muñecones. Al final, no queda más remedio que verla, en todo su grotesco esplendor. Hay que ser muy devoto acólito de Apatow para no admitir que en este caso al hombre se le fue el tiro por la culata.