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ESTRENOS

Deception, mala pero divertida

Crítico de cine/El Nuevo Herald


Ewan McGregor y Michelle Williams en "Romance Imprevisible".
Universal Pictures
Ewan McGregor y Michelle Williams en "Romance Imprevisible".

Todavía estamos en mayo y ya arrecia la competencia por el título de ''Peor Película del Año''. Se mantiene invicta 88 Minutes, con Al Pacino, pero ahora le salen al paso Ewan McGregor y Hugh Jackman tejiendo una sobrecama de absurdos en Deception que, como el Ole, es una palabra que no tiene explicación.

McGregor es Jonathan McQuarry, ratonil contador neoyorquino que trabaja madrugadoras horas extra sumando cifras en las oficinas de una corporación legal. En el desierto salón de conferencias, lo aborda el carismático abogado Wyatt (Jackman), que lo seduce con un pito de marihuana y deja caer frases ambiguas que auguran un posible Brokeback Mountain Part 2. Pero nada de eso. Wyatt le da al tímido chupatintas un telefonito a través del cual lo llaman tentadoras vampiresas sin nombre y sin pago por sus favores sexuales.

Tras pasarle revista a Natasha Henstridge, Maggie Q y Charlotte Rampling (misteriosamente presentada como la Zarina de Wall Street) el perenne seducido McQuarry tropieza con Michelle Williams, Madame ''S'', de quien se enamora perdidamente. Hasta entonces el enigmático Wyatt fingía estar negociando en Londres, pero reaparece para ajustar cuentas, exigiendo el traspaso de $10 millones a un banco de Madrid, mediante manejos cibernéticos del agobiado contador, operando bajo amenaza de que a matarán a su amada ``S''.

De ahí en adelante, no hay quien le siga la pista al rocambolesco guión de Mark Bomback, con el director de comerciales Marcel Langenegger debutando en el cine dramático con algo que parece anuncio de perfumes eróticos. McGregor es diestro, polifacético y hasta lo he visto cantar y bailar en la producción londinense de Guys and Dolls, pero no le ajusta el papel de bobo y se le sale la malicia por debajo de los espejuelos. Jackman está ausente casi todo el filme y sale a lo último en pose de matarife.

El final en la Plaza Mayor de Madrid es de antología risible. Inmediatamente pasan los créditos que revelan a Hugh Jackman no como víctima de un estudio avaricioso sino como orgulloso productor de este disparate. Contrató buena gente: al gran Dante Spinotti se le debe la tenebrosa fotografía y la célebre diseñadora de producción Patricia von Brandenstein creó el imposiblemente surrealista barrio chino de Manhattan. En fin, ojalá que me entiendan: la película es malísima, pero divertidísima.


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