ESTRENOS
'Hellboy II' con monstruos por doquier
RENE JORDAN
Crítico de cine/El Nuevo Herald
Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis le abrieron las puertas del infierno a un diablillo que a sus órdenes sembraría el terror, pero el profesor Trevor (John Hurt) lo adoptó y lo entrenó para operar del lado contrario. Era difícil aceptar que el demonio rojizo, con cuernos recortados y pétreas manazas, militara a favor de las fuerzas del Bien, pero se proclamó héroe sobrenatural con el sobrenombre de Hellboy.
Ahora regresa, en Hellboy II, aún miembro de la Oficina Gubernamental de Fenómenos Paranormales, un tanto resentido e incómodo de aceptar sin protesta los dictados del Jefe (Jeffrey Tambor). En el fondo, vive convencido de que lograría mayor efectividad respondiendo a
sus instintos, que por algo sigue siendo vástago del Averno.
La primera película dio mucho dinero y al director Guillermo del Toro le han dado $75 millones para dar rienda suelta a su imaginación, ya de por sí bastante desbocada. Repleta el filme de monstruos, bestezuelas y efectos especiales hasta sobrepasar los límites de la saciedad. Para describirlo, hay que sacar del diccionario un término en desuso y casi obsoleto: atiborrado.
Pululan bicharracos por todas partes. Florecen plantas golosas de mortífera vegetación. Del descampado emerge gigantesco coloso de piedra. Grotescos seres invaden la pantalla con implacable persistencia de ''quítate-tú-para-ponerme-yo''. No dejan margen de respiro. Poquito a poco, lo que era excitante se vuelve exasperante.
Ron Perlman da bufidos de flamígero comecandelas. Sigue amando a Liz (Selma Blair), su compañera única por destino, de temperamento tan fogoso que estalla en llamas a la menor provocación. Repiten lo que ya vimos en la anterior y en la nueva resultan más interesantes el Príncipe Nuanda y su incestuosa hermana Nuala. Por desdicha, no les dan suficiente espacio vital y los arrinconan con ejércitos de muñecones digitalizados hasta la última media hora.
Hellboy fue un experimento inte-resante, pero la millonada presupuestal perjudica a la secuela. Bueno es lo bueno, pero no lo demasiado. Para quienes se cansen de torear los excesos de Del Toro, esta fábula fallece de fantasiosa fatiga.