Ir a la Página Inicio > Entretenimiento > Música > Clasica

Clasica  

Punto de vista

FIN DE TEMPORADA DE LA NEW WORLD: ESPECTACULAR REENCUENTRO Y DESPEDIDA

El Nuevo Herald


Michael Tilson Thomas.
Al Diaz / Miami Herald Staff / Al Diaz / Miami Herald Staff
Michael Tilson Thomas.

Los conciertos de fin de temporada de la New World Symphony siempre tienen un toque de tristeza; porque vemos partir un tercio de la orquesta que cumple su período de fogueo y parte a nuevos puestos en otros conjuntos para desarrollar su carrera. Siempre hay rostros a los que nos habíamos acostumbrado, incluso nombres, como en este caso, la excelente flautista Ebonee Thomas, que se nos va.

Pero el concierto de fin de temporada de este año --el sábado, en el Knight Concert Hall del Arsht Center-- tuvo también un detalle de nostálgica alegría, 21 antiguos miembros de la orquesta, desde otras ciudades, regresaron a actuar una vez más con sus compañeros y su director, el incomparable Michael Tilson Thomas. ¡Qué privilegio para los asistentes!

En el rostro del dos veces ''maestro'' podía verse la alegría, el orgullo, la emoción. La orquesta escuela que creó llegaba esa noche al cierre de su temporada número 20. Quizá fue la conjunción de todos estos factores o quizá, simplemente, esta orquesta es un milagro de talento en el que se forjan los mejores músicos del país; pero lo cierto es que el concierto de esa noche fue un tanto más espectacular que de costumbre, un tanto más emocionante, un tanto más inolvidable.

Primero el Tercer acto de El lago de los cisnes, op. 20, de Chaicovsky, con toda esa vibrante energía que al alzarse en sus notas hacía bailar la imaginación como si encarnara los personajes del famoso ballet. Brujo, cisne, príncipe, bailarines húngaros, españoles... Toda la riqueza orquestal del genial compositor ruso sirvió para destacar distintos instrumentos y a quienes los tocaban: el inusual corno inglés, el oboe, la percusión, los tímpanis, todo apoyado por el lirismo desbordante en las cuerdas... Impecable.

La segunda oferta de la noche: La consagración de la primavera, de Stravinsky, es uno los mayores logros de esta orquesta. Desde el inicio --cuando suavemente se inician los temas en el clarinete al que se van sumando distintos instrumentos y grupos--, la orquesta ejerció un poder hipnótico en el público, donde no podía escucharse ni el respirar, y afortunadamente no sonó ningún teléfono celular.

La consagración de la primavera tiene un toque pagano, ancestral --Rito es el nombre que le dan en inglés-- que por momentos envuelve esta obra en una reminiscencia hasta temible. Los ritmos variables y constantes le dan a esta obra una naturaleza que apela a lo más profundo y primitivo en el ser humano, con todo lo de agresivo y violento que puede haber en él. El haber llegado a ese extremo, ese pozo (y poso) del alma humana fue lo que quizá llevó a Stravinsky a volver más tarde a los terrenos más amables y sofisticados del clasicismo, correspondiente a la época en que los generales bailaban el minuet y donde las estocadas se daban con una mano, mientras que la otra sostenía un perfumado pañuelo de encaje para contrarrestar el olor de la sangre.

Sin embargo, en este rito --tan primitivo y del siglo XX a la vez-- la sangre palpita a cada golpe de bombo y platillo. Los metales suben como si en lugar de la alborada de la civilización nos acercáramos al Juicio Final. Muchos directores han sabido sacarle a esta obra su vital percusión, pero pocos --como Tilson Thomas-- han revelado su repercusión. Al final, explosivo: una larga ovación de pie.

Después de la conmovedora ceremonia de despedir a los que se iban, Tilson regaló un encore alegre y movido, para que con la música se evaporaran las posibles lágrimas. Un año más, un año menos, y gracias a la buena música un breve atisbo a la

eternidad.• 

dfernandez@herald.com