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ZONA FRANCA

No tiene la menor importancia

Arturo de Córdoba se impuso a nivel popular en un terreno dominado por Cantinflas, Pedro Infante y jorge Negrete, por sólo mencionar algunos íconos de la época dorada del cine mexicano.

ARTURO ARIAS-POLO

El Nuevo Herald

A100 años de su nacimiento, Arturo de Córdova sigue siendo recordado como el galán de voz irrepetible, risa sarcástica y ademanes mesurados. Aunque los historiadores aún no se ponen de acuerdo en la fecha exacta en que el actor vio la luz en Mérida --unas fuentes aseguran que fue el 8 de mayo de 1908 y otras dicen que fue el 7, pero del año anterior--, para los seguidores del actor éste siempre renace cuando se repasa algún título del centenar de películas que protagonizó.

''Las opiniones están divididas con respecto a su aniversario'', afirma desde México Nelson Carro, crítico de cine y programador de la Cineteca Nacional de ese país. ``El año pasado nadie hizo referencia a la fecha de su nacimiento, por lo que me parece razonable que se recuerde en éste''.

¿Quién no lo admiró en su doble papel de mendigo-ricachón en Dios se lo pague (1947), como el desesperado taxidermista de El esqueleto de la señora Morales (1959), o cuando encarnó al Edmundo Dantés de El conde de Montecristo (1941)? Su versatilidad le permitió asumir esos papeles y transitar sin tropiezos del drama a la comedia.

Fiel a su imagen impecable, De Córdova se impuso a nivel popular en un terreno dominado por Cantinflas, Pedro Infante y Jorge Negrete, por sólo mencionar algunos íconos de la época dorada del cine mexicano. Su labor en ese entonces habla por sí sola. Basta con revisar En la palma de tu mano (1950), por la que recibió su primer Ariel, premio equivalente al Oscar en México, El rebozo de la soledad (1952) o Reportaje (1953), cintas que lo muestran en plena madurez interpretativa, después de aprender el oficio bajo las órdenes de Fernando de Fuentes (La zandunga, 1937), Alejandro Galindo (Mientras México duerme, 1938) y Chano Ureta (La noche de los mayas, 1939), sus primeras incursiones cinematográficas.

Cuando apareció en Celos (1935), su debut en la pantalla, Arturo García Rodríguez --su nombre verdadero-- ya era el caballero de las radionovelas que provocaba suspiros a las féminas. Razón suficiente para que los directores no vacilaran en enfrentarlo a divas del porte de Dolores del Río (La selva de fuego, 1945), María Félix (La diosa arrodillada, 1947) y María Elena Marqués (Cuando levanta la niebla, 1952).

Cuando no soñaba interpretar al psicópata creado por Luis Buñuel en El (1952), De Córdova aprovechó todas las experiencias para enriquecer su trabajo futuro. Su estancia en Argentina --donde vivió desde los 11 hasta los 20 años-- lo despojó del acento yucateco y le aportó un fraseo neutro de fácil aceptación en varios mercados iberoamericanos donde fue ídolo. El hecho de ejercer como corresponsal de la agencia United Press durante su juventud le amplió sus horizontes y lo pertrechó para abrirse paso en la legendaria radioemisora XEW del Distrito Federal.

Pero no hay dudas de que el período hollywoodense complementó la formación del héroe de Cinco rostros de mujer (1946). El hecho de compartir créditos con celebridades del rango de Gary Cooper e Ingrid Bergman (For Whom the Bell Tolls?, 1943), Betty Hutton (Incendiary Blonde, 1943), Joan Fontaine (Frenchman's Creek, 1944), Dorothy Lamour (A Medal for Benny, 1944) y Louis Amstrong (New Orleans, 1947) le enseñó a moverse con desenfado ante la cámara y le aportó el toque glamoroso necesario para brillar a nivel internacional. ¿Sería por ese motivo que más de un fanático lo comparó con Cary Grant?

Pareja cinematográfica de Libertad Lamarque en Te sigo esperando (1951), Bodas de oro (1955) y Mis padres se divorcian ( 1957), el actor sobrevivió en el tiempo con papeles acordes con su edad: El amor de los amores (1961), El gángster (1964) y Los perversos (1965).

En 1968 Arturo de Córdova regresó a las tablas con el mismo fervor de cuando debutó en Anna Christie (1940). Fue cuando se enroló en el montaje de Los zorros (The Little Foxes) ante el reclamo de la actriz Carmen Montejo. A pesar de que sufría las secuelas de una hemiplejia, el actor se entregó al proyecto con su habitual sentido de la disciplina. La crítica encumbró su labor y lo devolvió a la palestra. En ese trabajo compartió el escenario con Marga López --la mujer que lo acompañó hasta su muerte, en 1973-- su compañera frente a las cámaras en una docena de títulos desde aquel encuentro en Medianoche (1948) hasta El Profe (1970), su última cinta.

Si existiera alguna posibilidad de preguntarle a esta leyenda del cine del ayer si finalmente nació hace 100 o 101 años, estoy seguro de que él respondería con la frase que hizo famosa: ``No tiene la menor importancia...''•