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Andrés Reynaldo  

Nuestro college

La legislatura estatal debate la inclusión de cuatro colleges en un programa piloto que le permitiría ofrecer más carreras de cuatro años a sus estudiantes. Los colleges seleccionados podrán rendir un invaluable servicio a sus alumnos, principalmente si pertenecen a minorías. Tanto más ahora, cuando muchas universidades se ven obligadas a rechazar una creciente cantidad de solicitudes de ingreso meritorias, debido a los cortes presupuestales.

Sin embargo, Miami Dade College, el mayor college de la Florida y la nación, con el mayor número de estudiantes minoritarios, no figura en ninguna de las propuestas de las dos cámaras estatales. Es ocioso tratar de explicar la importancia de este asunto para nuestra comunidad. Tómelo como lo digo: el sistema de educación del sur de la Florida se está desmoronando. De modo que la ampliación del espectro de la enseñanza de nuestro college es vital para decenas de miles de familias, así como para la economía de la región.

A estas alturas, se hace difícil tratar el tema sin exasperarse. Desde la primaria a la universidad, la enseñanza ha ido perdiendo fondos con dramática celeridad. La debacle ocurre al unísono de una galopante recesión. De pronto, por donde quiera que se mire, el futuro permanece nublado para los ciudadanos pobres, de clase media y hasta para algunos ricos. No hay que ser un sociólogo para advertir en nuestras calles los fantasmas de la miseria.

En una hora así, las sociedades necesitan fuertes estructuras de cohesión. Por lo menos, el discurso y las acciones de los políticos deben reflejar las insatisfacciones del elector. El propósito fundamental de las elecciones (en cualquier nivel) es transferir la representatividad de la mayoría de la ciudadanía a un reducido grupo de individuos, supuestamente calificado. Dicho lo anterior, y viviendo en Miami, un mínimo de sentido común impone esta pregunta: ¿de qué nos sirven nuestros representantes en la legislatura?

Nuestro college estaba incluido en el primer borrador de la propuesta de la Cámara de Representantes. Luego fue borrado. Ningún otro se le iguala en importancia. Dos de los colleges candidatos probablemente deban su sitio en las listas a la importancia de sus promotores. Ocalusa Walton está en el distrito de Ray Samson, a quien todos dan como próximo presidente de la Cámara de Representantes; y la candidatura del de Daytona Beach fue impulsada por la poderosa senadora Evelyn Lynn, una muy bien aspectada contendiente a la presidencia del Senado.

Cualquier daño que se inflige a nuestro college repercute en el tejido social del área. De la mano de su presidente, el doctor Eduardo Padrón, la institución se ha convertido en un motor de la economía y la cultura. En los negocios, las artes, la medicina, la industria y los servicios, brillan tres generaciones de sus egresados, cubriendo un amplísimo arcoiris étnico, social y geográfico. Exceptuando quizás a las fuerzas armadas, pocos centros en la nación ofrecen a una comunidad semejantes posibilidades de integración y desarrollo. Un político que no arriesgue el todo por el todo para defender un logro de tal calibre, merece ser despojado de su cargo y castigado en su prestigio. Por inepto. Por estúpido. Por vago. Por traicionar de manera incompetente y descarada el mandato de nuestra representatividad.

Ya estamos acostumbrados a sufrir a solas los atropellos de las compañías de seguros, la Florida Power & Light y otros grandes intereses que se ceban en nuestra insoportable indefensión. En comparación con otros estados norteamericanos, somos una republiqueta bananera expoliada sin pausa ni vergüenza mientras políticos y cabilderos se revuelcan en una misma cama. Con piedras en la mano y ojeras trasnochadas debían andar nuestros representantes y funcionarios electos dando la batalla por defender la esperanza de esos jóvenes a quienes un día vendrán a pedirle el voto.

Miami Dade College es el insólito monumento de esta comunidad a sus propias virtudes, construido contra la desidia, las vicisitudes económicas, los conflictos sociales y raciales, la corrupción de nuestros líderes y la mezquindad de muchos, pero muchos poderosos enemigos. En sus aulas, nuestros hijos aprenden a abrir las puertas de un destino que les parecía vedado. De su filosofía de excelencia y solidaridad extraen una enriquecedora lección de compromiso humano, dignidad en el trabajo y confianza en la fuerza de la razón y la perseverancia.

En estos días, en los fríos pasillos de la legislatura, nuestros políticos tienen la renovada ocasión, aunque sea por una vez, de echar a caminar a nuestro lado. ¿Serán capaces de elevarse a la altura de esta impostergable urgencia ciudadana? ¿Volverán a incinerar nuestra fe en la repugnante pira de su frivolidad? Ana Frank reparó en la maravilla de que nadie necesita esperar un momento para empezar a mejorar el mundo. A nuestra gente en Tallahassee quizás ya se le ha hecho demasiado tarde.