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Andrés Reynaldo  

Esperando la redención

Puede que el reverendo Jeremiah Wright le haya echado a perder la nominación presidencial por el Partido Demócrata al senador Barack Obama. De cualquier modo, sus controversiales opiniones han propiciado un incómodo hallazgo: la ausencia en la política norteamericana de un discurso moderno y ecuménico sobre la cuestión negra.

En Estados Unidos, el racismo implica, fundamentalmente, una corrupción de sus orígenes. El hecho de que la fundación nacional surgiera de una voluntad emancipadora demanda un permanente debate sobre el exterminio de las culturas autóctonas y la esclavitud. Por supuesto, sería intelectualmente pueril ponerse a especular si los peregrinos del Mayflower o los padres de la Constitución hubieran podido desembarazarse de los prejuicios de una cosmovisión europeísta. (Tampoco es de lamentar que no se hubieran desembarazado de sus virtudes). Por estas tierras, las ideas del cristianismo y la Ilustración (que es, a fin de cuentas, otra herejía cristiana) nutrieron el proceso de conquista. Las dinámicas del ímpetu misionero europeo, empeñado en convertir a la fe o la razón, corrieron parejas casi siempre con los demonios del racismo y la rapiña.

Ah, ya sé, cómo vamos a pedir a los hombres de entonces, marcados por las convulsiones de una Europa en perpetua transformación, que se condujeran como antropólogos del siglo XXI. Hoy, no obstante, el reclamo adquiere una insoslayable urgencia moral, tomando en cuenta que esa cosmovisión euro-

peísta (Wright la llama europea-americana) ha desarrollado unos valores humanistas y unos instrumentos científicos que anulan las más elaboradas teorías sobre la superioridad del hombre blanco. Sin mencionar una experiencia formativa que recoge los horrores del Gulag, el Holocausto y las campañas de limpieza étnica en los Balcanes. La firmeza institucional del proceso de integración de Europa Occidental es proporcional a la densidad de su memoria histórica y su conciencia autocrítica.

Wright se equivoca cuando invoca un canon negro equivalente a ese canon europeo-americano. En principio, esa escisión satisface al racismo de los blancos, aparte de obviar las sustanciales diferencias en el tejido humanista de Europa y Estados Unidos. No va en detrimento de los negros que la música de Mozart supere en complejidad (y yo agregaría sublimidad) a los cantos tribales de Africa. Así como supera igualmente al repertorio folclórico de Europa. Visto de otro ángulo, la evolución de la música clásica europea-americana no se concibe sin el aporte de las sonoridades africanas y el jazz: ese milagro de la civilización que funde las más opuestas tradiciones en una sola corriente espiritual. Si la aventura humana acaba por tener algún sentido, si Dios propone un designio redentor a los hombres, ha de empezarse por la búsqueda de un canon universal que contemple la apropiación de la creación cultural y los saberes de la especie por encima de razas, credos y fronteras. No le quiten el piano a Thelonius Monk. Ni le expurguen a Picasso su influencia africana.

Las respectivas filosofías del alemán Paul Tillich y el norteamericano Henry Nelson Wieman, junto con la concepción pacifista de Gandhi, determinaron las tesis de Martin Luther King, Jr., cuyo legado es comparable al de Washington, Jefferson y Lincoln. Lu-

ther King constituye una mutación de la conciencia nacional al trascender el marco ideológico de la época con la fusión de las doctrinas redentoras de Tillich y el enfoque weimaniano de la sociedad como una estructura comunitaria que favorezca el incesante intercambio creativo entre individuos y grupos. En 1955, su primer discurso como presidente de la Asociación para el Mejoramiento de Montgomery, establece un rotundo equilibrio y una claridad identificadora que el movimiento negro ha perdido en nuestros días.

''No tenemos otra alternativa que protestar'', dijo Luther King. ``Por muchos años hemos mostrado una asombrosa paciencia. Algunas veces le hemos dado a nuestros hermanos blancos la impresión de que nos gusta el modo en que somos tratados por ellos. Pero esta noche hemos venido hasta aquí para ser redimidos de la paciencia que nos hizo pacientes a través de la libertad y la justicia''.

Admitamos que Wright vuela por debajo de esa altura. Pero, ¿tenemos derecho a solicitar una excelente y minuciosa racionalización de su tragedia al hombre que yace quebrantado por una herida ancestral? ¿Ese llamado a la ecuanimidad de la víctima no es otra mascarada del racismo? La depauperación de las barriadas, la reducción de las opciones ante una justicia cuya calidad depende del abogado que uno pueda pagar, la precariedad de la vivienda, la fragmentación de la identidad, la disolución del entorno familiar, la proliferación de drogas cada vez más baratas y destructivas, la ausencia de amplios programas de educación y rehabilitación concebidos específicamente para las comunidades, la insensible metodología de algunos cuerpos de orden público y otros atroces males sociales encierran al negro en un degradante marco de opresión. La erradicación de este solapado conflicto civil exige una discusión ilustrada y sincera sobre la propia esencia de la nación, así como una reelaboración de sus estructuras políticas y civiles. La historia, por lo demás, enseña que estas revoluciones pueden postergarse o conducirse gradualmente, nunca suprimirse. Y de seguro veremos algo peor que Wright y Louis Farrakhan sobre el balcón donde Luther King cayó abatido de un balazo en la garganta el 4 de febrero de 1968.

En un editorial del miércoles, The New York Times criticaba el racismo y la paranoia de Wright. Indudablemente, hubiera sido mejor que esta polémica surgiera de planteamientos más sólidos e inclusivos, con retóricas menos espectaculares, al margen del circo electoral. En una democracia, por deficiente que sea, el triunfo depende de hacerse oír por quienes no acostumbran a escucharte. Pero aprendamos a valorar al otro en su absoluta diferencia. Seamos capaces de admirar en Wright la manifestación de una pasión, una dignidad, un anhelo erudito, una transparencia, una compasiva naturaleza, una incendiaria esperanza y una sed de justicia y verdad que no asoman siquiera por accidente en estos que nos gobiernan ni en aquellos que nos quieren gobernar. No nos demos por vencidos. Una noche, cualquier noche, seremos redimidos de nuestra paciencia.