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Caminando con los neoliberales

By ANDRES REYNALDO

En las mañanas salgo a caminar por mi barrio de árboles centenarios, donde todavía las ardillas se atreven a jugar en la calle. Es una tempranera caminata terapéutica, que me ayuda a ver el día en su desnudez. A veces, la luna aún emite una transparente presencia, como la marca de agua en un gran papel azul, que el sol comienza a quemar por los bordes.

De momento, pudiera decir que soy feliz. Mi familia (carnal y espiritual) goza de salud. Alcanzo a pagar mis cuentas, aunque sea a duras penas. Y tengo unos cuantos amigos que me educan y divierten. Sin embargo, cuando atravieso esas calles húmedas de rocío, respirando un vientecillo desprendido de la derrotada noche, me asalta la sospecha de estar pisando las ruinas del porvenir.

Será que acabo de leer una noticia espantosa. A medida que avanza la recesión (Bush, con su facilidad para el equívoco, la llama desaceleración), miles de familias pierden sus hogares cada día por ejecución hipotecaria. La pérdida implica una mudanza a casas más pequeñas. Por lo general, mucho más pequeñas. Entonces, hay que alquilar espacio en un almacén para guardar la impedimenta: muebles voluminosos, cajones con recuerdos y documentos, ropas de estación, enseres de cocina, cuadros que no caben en las nuevas paredes, en fin, las cosas que (aunque no sean de uso inmediato y constante) jamás dejan de ser esenciales, porque constituyen nuestra identidad y dan fe de nuestro paso por el tiempo.

Puesto que quien pierde una casa suele perder, además, una manera de vivir; y puesto que un presupuesto familiar nunca admite una matemática implacable, algunos se quedan sin dinero para pagar por el almacenaje. Ante la pujante demanda de espacio, los almacenes no se dan el lujo de esperar. Luego de los avisos mandatorios por ley, los bienes de los clientes atrasados en el pago son puestos en subasta. Por los mismos dólares que cuesta la gasolina de una quincena, el universo doméstico de una familia puede pasar al mejor postor. El sillón del abuelo, la colección de discos del padre, aquella máquina de hacer ejercicios, desaparecen en un torbellino de amenazas de liquidación y declaraciones juradas.

En verdad, se trata menos de una crisis económica que de una crisis de valores. Menos de política que de moral. Menos de coyunturas que de cultura. En los últimos 15 años, en Estados Unidos se ha erosionado el valor de la persona. Hace un par de décadas, las empresas se enorgullecían de retener a sus viejos empleados. Hoy, se les echa meses antes de la fecha de retiro, con la paga de unas pocas semanas como compensación. Una flamante clase de administradores se concede bonos y salarios multimillonarios independientemente del estado de los negocios. Al reducir en aras de la usura se destruye la racionalidad del bien común. La mentalidad de saqueo predomina en los servicios: todos quieren timar a todos. Vamos al médico con temor de ser sometidos a procedimientos ociosos. Para operar el tumor canceroso de un niño se pierden valiosos meses aguardando por la autorización de los expertos de seguros. El Estado no se atreve a regular la excepción y se precipita a desregular la norma. Y hacemos nuestras guerras con dinero prestado por la República Popular China.

De una calle a otra calle, se suceden los estragos de una contienda civil que no tendrá ganadores. Ayer, en hora y media de andadura conté cuatro autos con las ventanillas rotas. Son demasiados los jardines donde la yerba ha rebasado la altura del descuido. Nuevos mendigos deambulan con las raídas ropas de una colapsada prosperidad. Pequeñas partidas de jóvenes pandilleros recorren los buenos vecindarios al mediodía en busca de una bicicleta olvidada en el patio, una trasera puerta abierta, una mascota de raza. Dormimos a la intemperie en nuestra propia alcoba.

Samuel Johnson dijo que en la naturaleza humana había un antídoto contra la tiranía que nos permitía sobrevivir bajo cualquier forma de gobierno. Por supuesto, en mis paseos mañaneros no he visto desaparecer las libertades. De cualquier manera, sería conveniente conocer el antídoto contra aquellas formas de opresión que se legitiman, precisamente, con tu derecho a la protesta. En caso, digamos, de que se nos caiga encima el porvenir.




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