Los hijos de Papá Montero se exilian

By ALEJANDRO RIOS
''Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar'', es un verso que traiciona los designios de su autor, el trovador Carlos Puebla, cuando en un arranque de delirio revolucionario trató de argumentar, sucintamente, el cisma acontecido en Cuba con la llegada del gobierno de Castro al poder en 1959.
El menos divertido y humorístico de los gobernantes cubanos la emprendió desde temprano contra lo que consideró resabios de La Habana nocturna y de su banda sonora musical de ensueño, con una meticulosidad devastadora.
Sin sacudirse el polvo del camino fue ''mandando a parar'' a cada fabricante de esparcimiento que considerara contraproducente a sus designios mesiánicos. Papá Montero no se fue de rumba sino que regresó literalmente a la tumba del aburrimiento socialista impelido por la cansona idea de una pureza social totalmente extemporánea.
En lo que los intelectuales aceptaban, cariacontecidos, la idea de hacer todo dentro de la revolución en estrafalarias reuniones con el abogado-guerrillero llegado intempestivamente de la manigua, los cultivadores de la música popular no repararon en los desafueros que sobrevendrían y, perplejos, se fueron quedando sin sus plataformas de inspiración, arrinconados por un modo de vida miliciano con el cual resultaba difícil comulgar.
Algunos, preclaros, no lo pensaron dos veces para agenciarse giras al exterior de donde no regresarían jamás. Los que permanecieron en la isla debieron sufrir las carencias paulatinas de un sistema que no estaba diseñado para la fiesta. Elena Burke, en el único documental que le dedicara la cinematografía cubana, manifiesta su inoperancia bélica al no saber portar un fusil para hacer la guardia revolucionaria en el centro laboral asignado.
De las numerosas fracturas alentadas por la intromisión inoportuna del régimen en el vasto universo cultural cubano, ninguna tan letal como la sufrida por la música popular que trató de ser evaluada y disciplinada sin misericordia.
Cuando muchos de los famosos que dieron fama y fortuna a esa música extraordinaria tomaban el camino del exilio, los salones de baile eran clausurados, se gestaban grupos solidarios de ritmos andinos y los integrantes de la nueva trova, luego de un comienzo equívoco donde simularon la infidencia, barrieron oportunistamente el pentagrama cual jóvenes comisarios con guitarra y botas cañeras, haciendo desaparecer el <f"ITimesItalic">glamour de la media luz y la gozadera ebria de los bailadores.
Por mucho que llenaron sus maletas de colibríes, versos de Martí, puestas de sol inolvidables, arrullo de palmas, aretes esquivos de la Luna, buena parte de la fuente nutricia quedó atrás, irrepetible en su complejidad idiosincrásica y debió ser sustituida por la nostalgia y otras astucias. Los que aterrizaron en Nueva York encontraron un panorama severo pero con antecedentes promisorios de público y mercado que permitían la continuidad. Los que optaron por la cercanía para que el regreso eventual durara unos minutos de vuelo entre Miami y La Habana, debieron partir de cero en la reinvención de un país imaginario.
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