Mi voz interior sospecha que la cajera del banco trama algo. . .
Con una cara risueña de niña inocentona me ofrece una tarjeta de crédito con cero interés por seis meses y 3.9 por ciento fijo a partir de julio.
"¿Un interés de 3.9 por ciento?", pregunto ilusionado por la oferta surrealista. "Voy a pensarlo".
Días después, entre el torrente de sobres con ofertas de compras y servicios que inundan mi buzón de correo, recibo uno que, muy sobriamente, guarda una Visa. Me han abierto otra línea de crédito, esta vez sin mi consentimiento.
Llamo iracundo al 1-800 del servicio al cliente. El uno es para hacer pagos, el dos para cuestionar cobros, el tres para tarjetas perdidas, el cuatro para solicitar otra tarjeta, el cinco para conectarme con. . .
Comienza la musiquita y la voz grabada me alimenta el ego diciéndome que "soy un cliente muy importante". Pasan los minutos y la voz grabada intenta seducirme como si fuera una bailarina cibernética: no hay ninguna otra en el país que te ofrezca tanto como yo; si no has ido a mi sitio de internet no sabes lo que te estás perdiendo. . .
Transcurre un largo tiempo, pero vale la pena la demora porque sigo siendo "muy importante". Me atienden. No pueden hacer nada. Me tienen que transferir a otro departamento. De nuevo comienza la tediosa sinfonía. Me decepciono al comprobar que no soy tan importante como me habían hecho creer.
Mientras tanto, sigo atascado en la US 1 y en la radio escucho los anuncios que aseguran tener la varita mágica para adelgazar y potenciar la erección. Finalmente alguien me atiende. . . ¡no!. . . se cae la llamada. Por enésima vez, el celular me deja con la palabra en la boca.
Sobrevivo el agónico proceso nuevamente. Creo tener el derecho de saber por qué emitieron esa tarjeta. No lo saben. Como sigo ilusionado con ir al mall a comprarme alguna ropa que esté de moda entre el ejército de modelitos de South Beach, quiero confirmar con el agente que el interés sea de 3.9 por ciento.
No es así. Es de 3.9 más la tasa básica, en otras palabras, 12.9 por ciento. Regreso a reclamar al banco. Se disculpan por el error de la "inexperta" cajera. No me recomiendan abrir y cerrar tarjetas porque puedo perderme en el laberinto del Buró de Crédito.
Salgo a hacer otras diligencias. La póliza de seguro del auto me llega con casi 40 por ciento de aumento. Me enervo porque recuerdo el ticket de tránsito que no pagué completo por dos errores burocráticos, uno de la policía y otro de la corte. Me explican que la aseguradora ha hecho unos cambios muy complicados que ni mi agente entiende. Lleno todo el papeleo de nuevo y me cambio a otra compañía.
Tengo picazón en la cabeza. Es una dermatitis incurable causada por los nervios. Quiero atenderme con un médico que acepte mi plan de seguro, que cada año aumenta los copagos y deducibles. Me pongo en una lista de espera. Gracias a Dios que no es nada grave o pobre de mí.
El día de la cita me toca esperar más. La prioridad la tienen las mujeres estiradas que pagan cash por los tratamientos de cirugía cosmética. El dermatólogo ha encontrado en el Botox una gallina de huevos de oro y no dispone de mucho tiempo para los que tenemos un HMO. Me analiza de lejos como el hombre biónico y me manda cremas y un champú. El champú sólo lo venden en su consultorio.
En la farmacia no tienen la crema. Como es viernes por la tarde, debo aguantar la comezón hasta el lunes. Regreso y descubro que el seguro sólo cubre el 50 por ciento porque la medicina no tiene genérico. La crema no me hace efecto. Llamo a la enfermera para que me cambie la receta. Vuelvo a pagar exorbitantemente. La picazón no se me va.



























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