Merezco distraerme. Voy al cine pero no encuentro donde estacionar. Buscar puesto en South Beach se ha hecho uno de mis pasatiempos favoritos. Hallo lugar y me bajo, pero no tengo billetes de $1. Los parquímetros de antes no aceptaban billetes; las máquinas de último modelo que los sustituyeron no aceptan monedas ni dan vuelto.
Pido que me cambien en las tiendas de alrededor y sus empleados me miran como si mi petición fuera un pecado. Cuando regreso con billetes de $1, noto que el aparato está roto. Camino hasta el otro que sí funciona y pongo el máximo de $4. Este, por lo visto, tiene hambre y se traga mi dinero. Termino en un estacionamiento público que cuesta más que el cine.
Me siento en la butaca. A mi lado, dos jovencitas envían mensajes de texto por el celular. Comienza la película y siguen con el juego. No entiendo para qué entraron al cine. Parece que lo hicieron con ganas de alumbrar la sala. Intento concentrarme pero no puedo. Mi vecino de atrás levanta los pies descalzos. La situación no huele bien.
Estaría mejor si tuviera mi colonia Polo. Pero en mi último viaje, el personal de seguridad del aeropuerto hizo una inspección de mi equipaje al azar. Lo sé porque, cuando lo abro, todo está revuelto y encuentro un papelito notificándome de la revisión. La colonia no está. Quizás alguien la confundió con una bomba. Paso por inmigración de regreso y a un muchacho en la otra fila se lo llevan al "cuartito" de atrás. Me identifico porque he pasado por ahí y sé lo que se siente.
Afuera, mientras esperan a los viajeros, los conductores detienen sus vehículos anárquicamente. Hace calor y el chillido de las bocinas retumba en mis oídos. La gente discute y se empuja. Hago la línea para esperar el shuttle y la empleada me mira como si guardara resentimientos conmigo. Al subir, un pasajero me grita que mueva mi bolso. Todo el mundo está ansioso y apurado. Me pregunto si viene un huracán. Pero es diciembre.
Necesito una experiencia espiritual. Voy al templo. Los congregantes conversan a lo largo del servicio. Hablan sobre multimillonarias transacciones inmobiliarias. Todo el mundo en la ciudad está obsesionado con el real estate. Me escapo al gimnasio. Allí, los hombres se comparan y aprietan sus músculos frente al espejo. Compiten por ser clones estéticos. Nadie sonríe ni saluda.
Decido que mejor me voy a la casa a leer y relajarme. Encuentro a la vecina triste y frustrada. Con el dinero de la última cuota extraordinaria, la asociación compró una alfombra nueva para el pasillo que es verde claro y ya está manchada. En la puerta de mi apartamento hay una circular informando que la mensualidad del condominio aumentará una vez más. Vivir en el paraíso sale caro.
Comienza un nuevo día, salgo a las calles de Miami y otra vez me encuentro atrapado en el tráfico. Vuelvo a llegar tarde a mi cita con el siquiatra.



























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