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Cuando el amor se jura con palabra de hombre

 

El Nuevo Herald

Sentados frente a frente en la mesa del comedor y rodeados por su familia en un almuerzo dominical de puerco con salsa de chorizo, Carlos Mielgo y Joe Vásquez no se quitan la mirada. La conversación bilingüe es animada, salpicada de anécdotas y plácidas memorias. La sonrisa de Mielgo es angelical, pero efímera.

Una sombra pasa sobre su rostro súbita, inesperadamente, como un ave de presa.

"Me pregunto si me van a bajar la dosis de la medicina", exclama. El silencio se apodera de la habitación.

Su madre, sus hermanas y los demás rehúyen la mirada y sus sonrisas decaen.

Pero Vásquez, su pareja, lo sigue mirando a los ojos con el mismo afecto de todos estos 14 años que han compartido.

"Lo sabremos después del miércoles, cuando veamos al médico", responde con tranquilidad.

El tema cambia bruscamente con unos chistes. Todo prosigue como si la felicidad de su vida juntos permaneciera incólume.

No es así. Hay un presentimiento mortal.

Mielgo, de 45 años, tiene un tumor en el cerebro. Los médicos le pronosticaron un máximo de dos años de vida.

En los ocho meses desde que recibiera su diagnóstico ha habido momentos de silencio como éste, inesperados, espantosos, dolorosos.

Pero rodeando estos momentos, amortiguándolos, haciéndolos tolerables, ha estado el amor y la esperanza que Mielgo y Vázquez comparten. Y esto ha servido de escudo para que estos hombres ordinarios enfrenten un reto extraordinario.

Esta es su historia.

Mielgo es competente, carismático y de 5 pies 11 pulgadas de estatura. Durante los últimos siete años, era el gerente que mantuvo en orden el presupuesto de la redacción de The Miami Herald. José Vázquez, conocido como Joe, es callado, con voz gruesa y cinco pulgadas más bajo que su compañero. Tenía una carrera de 27 años y medio como asesor de servicio de BellSouth.

Juntos, comparten una casa en Hialeah decorada con enigmáticas pinturas, tapices bordados de lentejuelas, lámparas pintadas a mano, brillantes estatuillas de animales y cerámicas indígenas.

En su relación siempre se ha respetado la igualdad. Ambos, por ejemplo, se dividen los oficios del hogar. Pero en junio pasado, cuando Mielgo descubrió la enfermedad, Vázquez, de 52 años, se jubiló con tres años de anticipación para estar junto a su lecho durante el agonizante avance de la enfermedad. Ahora lo lleva a los médicos, le cocina, se encarga de las tareas domésticas e incluso termina las oraciones que Mielgo deja incompletas porque olvida palabras y hechos, debido a su reciente cirugía del cerebro.

"Gran parte de la actitud positiva de mi hermano deriva del apoyo de Joe. El está luchando por Carlos y por nosotros", sostiene María, una de las dos hermanas de Mielgo.

Como ahora pasan largo tiempo sin salir, se han dado a la tarea de ordenar la casa y donar algunas pertenencias.

"Decidimos que no queríamos dejar nada para mañana", adelanta Vásquez.

Durante la limpieza, encontraron dispersas fotografías y tarjetas que almacenaron en una caja dorada. En una tarjeta del Día de los Enamorados, Mielgo escribió a Vázquez: "Me has amado con sinceridad, honestidad y sin restricciones, y por eso siempre te amaré".

Ese sentimiento no ha cambiado a través del tiempo: ambos afirman que la enfermedad los ha unido más.

"He sido el hombre más dichoso del mundo", subraya Mielgo con tono atinado. "Joe me lo ha dado todo".

"El único que sabe cuánto tiempo [Carlos] va a vivir es Dios", admite cabizbajo Vázquez. "Cualquier tiempo que le quede, quiero estarlo con él".

El Nuevo Herald

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