Daniel Shoer Roth

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Ser diferente no impide la alegría de vivir

 

dshoer@elnuevoherald.com

Apretando los puños, subiendo los codos y flexionando los bíceps, Rubén Darío Vasco muestra orgulloso que es un hombre robusto. Sonríe, saca la lengua, aprieta sus ojos rasgados y exclama eufóricamente: ``¡Soy fuerte!''. Se recuesta sobre el hombro de Jessica Beovides y se queda pegado con una irresistible ternura. ``Esta es mi cama'', afirma.

Jessica suelta una risa, se sonroja y esconde la mirada apenada. ``El y yo nos queremos'', confiesa con una voz que se intensifica según va hablando.

Ambos se abrazan con afecto infantil. Al ver la tierna escena, a la mamá de Rubén Darío se le humedecen los ojos. "Mamá, no te preocupes, que yo soy hombre y voy a cuidarte", le dice el hijo al verla llorar.

La fuerza y los bríos de Rubén Darío van más allá de sus desarrollados bíceps y la sincera protección que ofrece a su madre.

Al igual que su novia, Jessica, el hombre de 28 años llegó al mundo con un síndrome que impide su normal desarrollo intelectual y físico. Pero su naturaleza de ninguna manera ha sido traba para que logre lo que se ha propuesto, incluso hacerse ciudadano de Estados Unidos en una ceremonia de juramentación realizada en Miami el pasado mes.

"Yo no soy un niño especial'', asevera con graciosa certeza. ``Yo soy un niño corriente.... No, yo soy chino también".

Rubén Darío ilustra la pasión que se siente por la vida cuando en su andar se pasea con optimismo y entusiasmo. Mientras que muchos vivimos obsesionados por lo que nos falta y olvidamos lo que tenemos, este colombiano se concentra en lo que sí tiene, consciente de que lo que le falta no lo cohíbe de lo que quiere.

Rubén Darío es un ser humano como cualquier otro. Trabaja, estudia y ama. Es bondadoso, cariñoso y tiene buen sentido del humor. Le gusta bailar merengue, lanzarse con clavados en la piscina, comprar discos de Shakira e invitar a su novia a beber jugo de piña en un restaurante cercano a su casa en el área del Metrozoo.

``Me gusta ayudar a todas las personas. Yo ayudo a mi mamá, a mi hermana, a mis sobrinos, a mi novia, a mi suegra.... a ver qué les pasó'', manifiesta moviendo impetuosamente sus manos cortas y anchas.

En una sociedad que muchas veces peca al discriminar a los niños impedidos, la historia de Rubén Darío sienta ejemplo de cómo la aceptación, la validación y el amor de los padres son herramientas indispensables para dar vuelco al destino de quienes nacen con el síndrome de Down, una inexplicable anormalidad de los cromosomas. "Cuando era pequeñito, en la calle le decían `mongolito', y a él le daba rabia", relata su madre, Morelia. "Yo le decía: `¿Qué le dolió? ¿Le dolió el brazo? ¿La mano? ¿No le nada? No se preocupe por eso, es que usted es de otra racita'. Así lo fui criando. Yo quise enseñarle a aceptar su condición''.

Hace nueve años, Morelia inmigró a Miami, donde estaba radicado su esposo, Julio, con el anhelo de dar a Rubén Darío una calidad de vida que lo inspiraría a ``salir adelante''. En Colombia no veía futuro para él.

"Muchas amigas que eran madres de niños especiales decían que esto era muy triste, porque una vez que los muchachitos crecieran, iban a ser un estorbo", recuerda Morelia, de 60 años. "Yo me preguntaba por qué. Si un animalito lo entiende a uno, cómo va a ser que una persona no entienda. Debe ser que necesita mucho amor''.

Al cabo de un año, Rubén Darío comenzó a estudiar en un programa para niños especiales en la secundaria Southwest Miami. Ahí conoció a Jessica.

El Nuevo Herald

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