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Cine, música y vedettes

 

El Nuevo Herald

El cine producido en Cuba no corrió la misma suerte que la música durante la etapa republicana. Si bien aquella se expandió por el mundo gracias a las giras de las compañías teatrales y el desarrollo discográfico, la industria fílmica no pasó de ser el sueño imposible de un grupo de empecinados como Enrique Díaz Quesada, el hombre que registró para la historia las primeras imágenes de<f"ITimesItalic"> El parque de Palatino (1906) y le regaló a los cubanos, entre una veintena de cortos,<f"ITimesItalic"> el primer largometraje silente realizado en la isla, <f"ITimesItalic">Manuel García (1913), inspirado en un famoso bandolero conocido también como ``El rey de los campos de Cuba''.

No es que faltaran las historias románticas al estilo de<f"ITimesItalic"> El veneno de un beso (1929), una película de la que sólo sobreviven algunas escenas, donde salta a la vista la sensibilidad del director Ramón Peón y su interés porque el público aplaudiera al actor Antonio Perdices, una versión criolla de Rodolfo Valentino. La tenacidad de este soñador lo llevó a insistir en su cruzada cinematográfica hasta la realización de la obra ''cumbre'' del período silente,<f"ITimesItalic"> La virgen de la Caridad (1930), una joya museable que resume el nivel técnico y artístico de la época.

La aparición del sonido y la preponderancia de las producciones de Hollywood, entre otros factores, detuvieron la evolución de la ''industria'' de cine en Cuba. Y a pesar de todos los impedimentos, se hizo<f"ITimesItalic"> La serpiente roja (1937) el primer largometraje sonoro realizado en la isla.

Nunca se paró de filmar contra viento y marea. En<f"ITimesItalic"> El romance del palmar (1938), Rita Montaner hizo gala de su faceta lírica en la canción <f"ITimesItalic">Flor de Yumurí con el mismo desenfado de<f"ITimesItalic"> El Manisero, un pregón callejero de Moisés Simons que anticipaba su interpretación de <f"ITimesItalic">Sinceridad, el bolero-mambo interpretado por ella en la comedia<f"ITimesItalic"> La única (1952).

En el caso de<f"ITimesItalic"> Estampas habaneras (1939), su título anunciaba un desfile de artistas encabezado por el binomio Garrido y Piñero, Alicia Rico y Blanquita Amaro. Una debutante transformada en rumbera mayor años más tarde en<f"ITimesItalic"> Embrujo antillano (1945),<f"ITimesItalic"> A La Habana me <f"ITimesItalic">voy (1948) y<f"ITimesItalic"> Rincón Criollo (1950), entre otras cintas que apresaron para siempre el contoneo de sus caderas.

El cine sonoro permitió escuchar la música de Gilberto Valdés en <f"ITimesItalic">Sucedió en La Habana (1938), un melodrama donde también aparecía el legendario trovador Guyún. En su afán de ''rellenar'' los libretos extraídos en su mayoría de las radionovelas, las películas parlantes se convirtieron en paraderos de las canciones de Ernesto Lecuona, una carta de prestigio en<f"ITimesItalic"> La última melodía (1939) y<f"ITimesItalic"> Cancionero cubano (1939), tal como lo fue el compositor de danzones Antonio María Romeu en<f"ITimesItalic"> Estampas habaneras (1939).

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