Cuando se produjo el<f"ITimesItalic"> boom en el país vecino, ya las rumberas habían dejado su impronta en el cine de la isla desde de los años 30 en <f"ITimesItalic">Maracas y bongó (1932) y <f"ITimesItalic">Tam Tam o El origen de la rumba (1937), un panorama de los bailes nacionales donde Chela Castro derritió al público al son de los tambores. Poco tiempo después, la quinceañera Rosita Fornés se asomaba por primera vez a la pantalla en<f"ITimesItalic"> Una aventura peligrosa (1939) como integrante del elenco de La Corte Suprema del Arte, un concurso radial de donde salieron futuras luminarias del canto y la actuación. En esa época, la Fornés no pensaba transformarse en la<f"ITimesItalic"> vedette de <f"ITimesItalic">Tin Titán en La Habana (1953) ni la juvenil María Antonieta Pons presentía que poco después de su actuación en<f"ITimesItalic"> Siboney (1940) le aguardaba su gran momento mexicano.
En el caso de Ninón Sevilla, su paso por la compañía teatral de Leopoldo Fernández,''Tres Patines'', en 1940, llamó la atención de un empresario azteca que la contrató para una temporada en el Teatro Lírico en su país; para su sorpresa, allí la esperaba una gira exitosa nacional junto a Libertad Lamarque. El llamado del cine no se hizo esperar y enseguida la sensual Ninón se puso ante las cámaras en <f"ITimesItalic">Carita de cielo (1947), sin darse cuenta que había ingresado en el pantéon de los dioses de la época de oro del cine mexicano. Basta echarle una ojeada a<f"ITimesItalic"> Aventurera (1950) y <f"ITimesItalic">Sensualidad (1951) para medir el impacto de su baile inimitable y su natural desparpajo.
El solar habanero se trasladó al cabaret de<f"ITimesItalic"> Víctimas del pecado (1951), un melodrama de rumberas dirigido por El Indio Fernández invadido por el ritmo de Pérez Prado y el refranero cubano del bajo mundo. Ninón se lució como siempre y salió como pudo del duelo fílmico con Rita Montaner. Una artista en pleno dominio de su oficio, que jugó a su antojo con el doble sentido del tema<f"ITimesItalic"> ¡Ay!, Don José. Muchos antes del estreno de esa atrevida historia de prostitutas, la Pons arrebataba con su belleza y sus curvas rotundas en<f"ITimesItalic"> La reina del trópico (1946),<f"ITimesItalic"> La bien pagada (1947) y<f"ITimesItalic"> El ciclón del Caribe (1950).
Rosa Carmina no se quedó atrás. Llegó a México, bailó y venció. Fue una de las musas de Juan Orol en<f"ITimesItalic"> La diosa de Tahití (1953),<f"ITimesItalic"> Sindicato del crimen (1954) y<f"ITimesItalic"> Sandra, la mujer de fuego (1954). Su gracia y la fuerza de su baile garantizaron su boleto sin escala al olimpo de esas deidades tropicales, amenazadas por matones en los antros de cartón.
El espíritu rumbero se posesionó con tal fuerza de la mexicana Meche Barba, que muchos dudaron de su nacionalidad cuando la vieron desafiar los timbales en<f"ITimesItalic"> Negra consentida (1949),<f"ITimesItalic"> Amor de la calle (1950) y <f"ITimesItalic">Ambiciosa (1953). Tanto ella, como las cubanas, se formaron en las tablas, el fogueo de las carpas y la penumbra del<f"ITimesItalic"> night club. Su reto consistía en mostrar el vientre ondulante y el trasero apetitoso, a contrapelo de la censura que les impedía exhibir el ombligo. Como nadie, esas<f"ITimesItalic"> vedettes sabían que al primer toque del tambor, la imaginación de los espectadores soltaría sus amarres.
A su manera, estas mujeres perpetuaron los ritmos de la isla en los mismos melodramas donde también se escuchaban las melodías de Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig y Eliseo Grenet. Esas películas no sólo sirvieron de vitrina para exhibir la belleza y la sensualidad de las vampiresas de la rumba. Sin proponérselo, ese cine fue un refugio más del acervo musical cubano.
<f"ITimesItalic">aarias-polo@herald.com





























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