Pese a ser un género que por lo general se atribuye a un trompetista, Miguel Faílde con <f"ITimesItalic">Las alturas de Simpson, los metales terminaron por quedar fuera de las interpretaciones más conocidas del danzón cubano y su heredero, el chachachá.
La flauta se convierte entonces en el solista principal y en muchos casos éste define la orquesta: Enrique Jorrín (Jorrín y sus Estrellas), Antonio Arcaño (Arcaño y sus Maravillas), José Antonio Fajardo (Fajardo y sus Estrellas), aunque no siempre la dirige, como en el caso de Richard Egües (Orquesta Aragón). La otra figura clave en estas orquestas es el pianista, por lo general también compositor, como Antonio María Romeu y José ''Cheo'' Belén Puig. Flautistas y pianistas al frente de agrupaciones famosas describen un panorama sonoro que admite las excepciones: compositores y directores fueron también el contrabajista Ernesto Abelardo Valdés (Orquesta América) y el clarinetista José Urfé.
El septeto sonero queda fuera de la definición de orquesta, pero influye decisivamente en la asimilación que sufre el formato <f"ITimesItalic">jazz band en Cuba. Pocas veces en la música popular se ha logrado tanto con un conjunto tan reducido de instrumentos, muchos de ellos con un registro muy limitado. También pocas veces se ha alcanzado en este tipo de música una expresión sonora tan sincrética, polirítmica y unitaria.
La combinación de trompeta, guitarra, tres, bongó, contrabajo (en un principio botija o marímbula), maracas y claves ya había evolucionado en algunos casos a un conjunto musical más amplio cuando las <f"ITimesItalic">jazz band recorrían infatigablemente todo el territorio norteamericano, en la década de los años 30 del pasado siglo, y los músicos cubanos comenzaron a desarrollar sus propias bandas. Si en la isla se adoptan las tres secciones tradicionales de la <f"ITimesItalic">jazz band, metales (trompetas y un trombón), instrumentos de lengüeta (saxofones y clarinetes) y percusión con piano, no sólo se amplía la parte rítmica sino se transforma el concepto con la creación de una orquesta cubana propia.
Las dimensiones de este tipo de agrupación se justifica por su capacidad interpretativa, que le permite cubrir no sólo el repertorio norteamericano e internacional, sino toda la música cubana salvo el danzón, por entonces ya sustituido por el danzonete. Hay además una razón económica que permitirá su supervivencia hasta finales de la década del 50: el desarrollo de una clase media nacional y la posibilidad de efectuar giras por los países vecinos, así como el triunfo de la música cubana en Europa, especialmente en París.
Son los años de la orquesta Casino de la Playa, la de Julio Cuevas, la Riverside y otras muchas, todas con una identidad sonora propia. De todas estas agrupaciones, la Sonora Matancera merece un comentario aparte. Con cientos de discos grabados y acompañante de lujo de decenas de cantantes célebres, de Celia Cruz a Daniel Santos, su nombre es leyenda.
El temor a convertir el texto en un enorme dictado lleva a la injusticia. Ver las imágenes grabadas de Beny Moré al frente de su Banda Gigante vale por cualquier comentario. Un niño que contempla y escucha a Gonzalo Roig dirigiendo la Banda Municipal de La Habana en el Parque Central es más que un recuerdo. La Orquesta Anacaona todavía tocando en los Aires Libres habaneros en los años sesenta. Sin mencionar han quedado las orquestas de teatro y toda la música de ópera y concierto es capítulo aparte. Mientras tanto, las orquestas de la mejor época de la música popular cubana continúan sonando en nuevos discos compactos y viejas grabaciones, conquistando oyentes y bailadores.





























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