Del español terrible que aguarda lo cimero con su piedra en la mano abjuró Luis Cernuda, abrumado por la afición de algunos de sus compatriotas a arremeter contra todo aquél que, por su genio, les sacara ventaja. Del cubano terrible, émulo de ese español, hay que hablar apenas se conoce lo que algunos opinaron y aún opinan --en voz baja casi siempre, y en corrillo, como si pertenecieran a una casta incomprendida, y por incomprendida, superior-- de Ernesto Lecuona.
¿Qué no le perdonan? El talento. ¿Qué más? El éxito. Un éxito sin paralelos en la historia de la música cubana. Entre los detractores abundan, claro está, sus colegas, expertos en disimular la verdadera naturaleza de sus sentimientos invocando la indiferencia de Lecuona ante las corrientes musicales que identificaron su época (es decir, su anacronismo), su preferencia por lo fácil y lo comercial, y hasta el ambiente que prefirió, poblado de costumbrismo y tiples de jerarquía diversa: la farándula. Los más piadosos lamentan el abandono de Lecuona de una carrera como pianista de música ''seria''; un pianista que, dadas las facultades de las que hizo gala en su juventud, podía haber ganado prestigio para Cuba interpretando obras dignas de aquel precoz virtuosismo.
Todos suelen ignorar que la decisión de Lecuona de dedicarse a la música popular no fue una decisión festinada sino consciente e hija de circunstancias que él mismo describe en una entrevista concedida al periodista Arturo Ramírez. Lecuona recuerda que no procedía de una familia acaudalada y que pronto, muy pronto, tuvo que ganarse la vida tocando el piano y componiendo. El ambiente de la Cuba en la que se abría paso distaba mucho de ser el más favorable a la música clásica, y mucho menos a aquélla que parecía dar la espalda a la tradición y aventurarse por caminos extraños al gusto promedio.
Entre el aplauso que recibía el joven al interpretar a Debussy y a otros, y el que recibía al interpretar sus propias danzas, esas danzas en las que el pueblo cubano se reconocía, se abría un abismo. Lecuona no tardó en comprender que su destino no era aquél, arduo, que años más tarde asumiría --para citar un nombre-- Jorge Bolet, sino aquel otro, más humilde, más acorde con su realidad financiera, su entorno humano y hasta su hedonismo criollo, de componer para el pueblo a partir del propio pueblo, pero apoyado en una cultura pianística y un don para este instrumento superiores a los de la mayoría de los compositores de música popular de su país.
Ese ''exceso'' de formación y ese aire popular y complaciente que acabó prevaleciendo en gran parte de su obra cantada lo situaron en una tierra de nadie. Los colegas suscritos a la modernidad comenzaron a mirarlo con desdén; los que sólo cultivaban lo popular, con admiración, pero también como a alguien demasiado culto para considerarlo uno de ellos. ¿Dónde ubicar a un creador e intérprete que tan pronto estrenaba en Cuba la <f"ITimesItalic">Rapsodia en azul de Gershwin o componía una suite de difíciles obras para piano, como escribía una conga o una zarzuela donde un grupo de mujeres bailaba golpeando el suelo con sus chancletas de madera?






























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