El camino escogido por Lecuona iba a permitirle dar rienda suelta a su facilidad para componer, sumando a su sólida formación pianística, su deslumbrante capacidad melódica, su dominio absoluto de los ritmos insulares y aquello que por entonces algunos comenzaban a identificar como ''lo cubano''. Su prioridad no sería, pues, complacer a los doctos sino convertirse en caja de resonancia del alma, ingenua si se quiere, de su joven país.
Algunos extranjeros no tuvieron dificultad en advertirlo. El 15 de septiembre de 1957, Antonio de Quevedo se hace eco en el<f"ITimesItalic"> Diario de la Marina de las declaraciones hechas por un diplomático inglés que visita Cuba: ''Ahora, en contacto de vista, oído y sabor con las tradiciones cubanas, encuentro en la música de Lecuona su más genuina representación en lo sonoro''. Agustín Lara lo expresaría de forma más contundente: ``Cuba es Lecuona, o, mejor dicho, la música de Lecuona es una síntesis de su patria''.
Desde algo tan insignificante como el uso de una voz indocubana, ''siboney'', hasta la plegaria dedicada a la Virgen de la Caridad del Cobre, la obra de Ernesto Lecuona encarna una especie de isla sonora, de patria musical. Lo español, lo negro, lo chino, el drama de la esclavitud, el mestizaje, La Habana, el campesinado, los vendedores ambulantes, las aves de la isla, el paisaje, las guerras por la independencia, la afición al baile, la soterrada melancolía, el sentido del humor del cubano e incluso algunos versos de Zenea y de Martí, hallan en su obra precioso hábitat.
Culta, popular o ambas cosas a la vez, y aún para fastidio de ese compatriota terrible que aguarda lo cimero con la piedra en la mano, es difícil vislumbrar una época en la que el pueblo cubano menosprecie la obra de Ernesto Lecuona y no se vea venir de los albores de sí mismo a la plenitud de sí mismo en los acordes de <f"ITimesItalic">La comparsa.





























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