Un apretado enjambre de hombres y mujeres --negros, jabaos, blancos y mulatos, todos ensopados en sudor y divertidísimos-- se movían y bailaban, como poseídos por algo estremecedor. En el medio de aquel vibrante hormiguero humano, un hombre con las greñas paradas, ululante, escandaloso, auténtico, cantando, gritando, bailando y muerto de risa, dirigía con autoridad aquella locura. Era el Beny.
Tenía puesto el célebre pantalón anchísimo que usaba aguantado por tirantes, una camiseta de gallego apretada en las mangas y unas chancletas de palo, mientras tocaba frenéticamente una tumbadora y cantaba algo parecido a un guaguancó junto a Coqui el Parrandero, el Nene Carburo y Felo Fechoría, los tipos más peligrosos y de más mala fama de todo el barrio. Todos se daban tragos enfurecidos de aguardiente Palmita y de ron Castillo a pico de botella y bailaban descalzos y eran más felices que una fogata al aire.
En medio del tremendo alboroto, no sé cómo pude, me acerqué al Beny, y no se me ocurrió otra cosa mejor que saludarlo, gritarle por encima de la música, del ruido y de su voz ''¡Beny, Beny!'', mientras él seguía sudando y cantando y gozando a carcajadas. Me vio y estiró el brazo y sin dejar de cantar me estrechó la mano y su mano me pareció una mano grandísima y llena de callos y un poco áspera, pero a la vez una mano familiar, como si le estuviera dando la mano a Dios. Después, todavía tocando y bebiendo y contentísimo, un hombre le gritó: ''¡Canta una guaracha, Beny!'', pero él siguió tocando la tumbadora y moneando y vociferando y no le hizo caso. De pronto, una mujer le pidió: ''Beny, canta un bolero''. Entonces, dejó de tocar y se hizo un silencio sobrecogedor. Con una serena altivez, le replicó: ''Ta'bien, pero se callan la boca''. Y empezó a cantar.
Aún tengo vívida en la memoria esa parranda de truenos y el desorden glorioso de ese día y la letra del bolero que, en pleno dominio de su voz, de su temperamento y de su vida, Beny Moré cantó. Fue mucho después que supe que escuchar cualquiera de sus canciones es siempre como irse de viaje, es volver a ese lugar entrañable de donde surgen todas las cosas de un genio irrepetible y que no deja nunca de conmover.





























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