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El drama de los secuestros convoca a los colombianos

 

El Nuevo Herald

Hernando Garavito Muñoz era inspector del pueblo miserable de Organos, en el central departamento del Huila, cuando se convirtió en uno de los primeros secuestrados del recién creado grupo guerrillero Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). El 10 de mayo de 1964, Muñoz cayó en poder de un tal Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo, un campesino rebelde, ex profesor de violín, que semanas antes había sobrevivido a un implacable bombardeo de la fuerza aérea colombiana a su zona de insurrección.

Como señal de supervivencia del rehén que tenía en su poder, Marulanda envió a las autoridades un mensaje que decía, según los Archivos de Seguridad Nacional de Estados Unidos: ``Organos se quedará sin inspector o el inspector se quedará sin órganos''.

El macabro ultimato, registrado por un nervioso funcionario consular de Estados Unidos en Bogotá en un recuento confidencial para el Departamento de Estado sobre la difícil situación que vivía el país, se repite hoy en otras formas de comunicación más a tono con el siglo: las FARC han distribuido fotografías y videos de hombres y mujeres con cadenas al cuello que sufren la condena de haber sido secuestrados por dinero o extorsión política por parte de la organización guerrillera.

Aunque es tan viejo como las FARC en Colombia, el secuestro no es exclusivo del grupo rebelde. Lo

han practicado los narcotraficantes, los paramilitares, miembros del ejército y la policía, la delincuencia común y una que otra familia enfrascada en trifulcas económicas. Todos han

contribuido a convertir a Colombia en el país del mundo con los más altos índices históricos de

secuestro.

Según las cifras de País Libre, una organización que sigue de cerca el fenómeno, en la última década en Colombia han sido secuestradas 23,144 personas, de las cuales 29 por ciento corresponden a las FARC, 23 por ciento al Ejéricito de Liberación Nacional (ELN) y 22 por ciento no se ha podido establecer. Un total de 1,254 han muerto en cautiverio.

Hace unos 10 meses, el secuestro era un delito echado en el olvido por un país que parecía también encadenado en las soluciones o que prefería mirar hacia otro lado. De hecho el año pasado Colombia una vez quedó en los primeros lugares de la felicidad en el mundo. Fue catalogado como el país más feliz de América y unos de las más felices del orbe por encima de Francia, Alemania, Japón, Italia y de todas las naciones de Africa y Asia, según una encuesta hecha en Gran Bretaña y desplegada por las embajadas colombianas en sus sitios de Internet.

Al respecto, escribió desde el cautiverio el coronel de la policía Luis Mendieta, quien se encuentra secuestrado por las FARC desde hace 10 años.

``No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos''.

La protesta de Gustavo Moncayo, el padre de un cabo del ejército secuestrado por las FARC, que caminó encadenado cientos de kilómetros desde su casa al sur de Colombia hasta al palacio presidencial en Bogotá, para protestar por la indiferencia y pedir un acuerdo humanitario; la preocupación internacional por la suerte de la ex candidata presidencial Ingrid Bentancourt; y las imágenes de soldados y policías en campamentos rodeados de alambres de púa, forzaron al gobierno de Colombia a revivir el tema y buscar soluciones.

El Nuevo Herald

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