En el verano de 1957 los lÃderes del 26 de Julio y la Resistencia CÃvica en La Habana y Santiago de Cuba mostraban preocupación por el creciente caudillismo militar que asumÃa Fidel Castro desde la Sierra Maestra. También les inquietaba la ausencia de una plataforma ideológica clara y presentable ante la influyente opinión democrática de la isla. En sus cartas, Frank PaÃs, Faustino Pérez, Armando Hart, Enrique Oltuski y Carlos Franqui criticaron esa indefinición y alguno de ellos cuestionó los fusilamientos en la Sierra, que provocaron el único reportaje desfavorable en Bohemia, y el contrastante apoyo de Castro a lÃderes gangsteriles y corruptos de la clandestinidad, como René RodrÃguez.
La lectura de aquella correspondencia trasmite la impresión de que antes de la muerte de PaÃs, Fidel Castro no habÃa logrado un control pleno de las bases urbanas del 26 de Julio. La dirigencia del llano tenÃa entonces una visión de la polÃtica cubana más amplia que la de los rebeldes y contaba con una estrategia de negociación con los partidos tradicionales, la oficialidad batistiana y la diplomacia norteamericana. Parte de esa estrategia fue el envÃo a la Sierra de algunos polÃticos conocidos de la oposición pacÃfica, como los ortodoxos Raúl Chibás y Roberto Agramonte (hijo), los auténticos Felipe Pazos y Justo Carrillo y los lÃderes juveniles Javier Pazos y Enrique Barroso.
La idea de PaÃs era que debÃa crearse un gobierno provisional, cÃvico-militar, que subordinara polÃticamente a la Sierra. Castro, en cambio, maniobró hábilmente con Carrillo, quien se opuso a la idea, para desechar la propuesta e incrementar su control sobre el llano. El primer resultado tangible de aquel pacto fue la publicación en Bohemia de la Carta de la Sierra, firmada por Felipe Pazos, Raúl Chibás y Fidel Castro el 28 de julio de 1957. Un documento que debe ser cotejado con sus dos antecedentes: el manifiesto-programa Nuestra Razón, redactado por el brillante presbiteriano Mario Llerena y editado en México dos meses atrás, y el proyecto de polÃtica económica, más moderado aún, que escribieron Felipe Pazos, Regino Boti y José Castellanos y que prácticamente no tuvo difusión.
El primer manifiesto era un reflejo bastante nÃtido de las ideas de algunos jóvenes intelectuales del 26 de Julio, como Llerena, Hart, Pérez y Oltuski, que comulgaban con un nacionalismo cristiano, por momentos, radical y bastante afÃn a las tesis de la Juventud Ortodoxa y el Movimiento Nacional Revolucionario de Rafael GarcÃa Bárcena. Allà se hablaba, por ejemplo, de "mentalidad colonial", de "dominación económica extranjera", de una "factorÃa que entrega incondicionalmente sus recursos naturales (nÃquel, manganeso, hierro y petróleo) al capital foráneo" y se esbozaba el mito de la revolución tres veces traicionada --en 1878, en 1898 y en 1935--, que, esta vez, sà llegarÃa al poder.
En el mejor estudio reciente sobre el tema, Inside the Cuban Revolution (2002), Julia E. Zweig pasa por alto que la presión a favor de lanzar el Manifiesto de la Sierra provenÃa del malestar de algunos lÃderes del llano con el lenguaje radical y antiamericano que, a pesar del propio Llerena, contenÃan ciertos pasajes de Nuestra Razón. En una carta del 11 de julio del 57, en que expresaba su rechazo a la tesis de Carrillo y Castro sobre la inconveniencia de un gobierno provisional, Frank PaÃs alertaba sobre un "miedo de los sectores financieros", que él habÃa "podido captar en las conversaciones con el cónsul americano" en Santiago de Cuba, a propósito de que el Movimiento 26 de Julio careciera de tacto, experiencia o talante democrático para gobernar después de la caÃda de Batista.
Es por ello que la Carta de la Sierra, además de hacer llamados a la "unidad", anunciaba la creación de un Frente CÃvico Revolucionario, al que se invitaba a toda la oposición pacÃfica, y se comprometÃa a la "celebración de elecciones generales para todos los cargos del Estado, las provincias y los municipios en el término de un año bajo las normas de la Constitución del 40 y del Código Electoral del 43".
Pazos, Chibás y Castro trataban de generar confianza: "¿es que los rebeldes de la Sierra Maestra no queremos elecciones libres, un régimen democrático, un gobierno provisional? Porque nos privaron de esos derechos hemos luchado desde el 10 de marzo". La Carta de la Sierra prescindÃa del lenguaje nacionalista del programa Nuestra Razón --sólo decÃa que "no aceptaba mediación e intervención alguna de otra nación en los asuntos internos de Cuba" y pedÃa a Estados Unidos que "suspendiera todos los envÃos de armas a Cuba"-- y se colocaba en ese centro socialdemócrata hacia el que gravitaban todas las ideologÃas cubanas de la época (autenticismo, ortodoxia, Directorio, 26 de Julio, el propio Batista), menos el comunismo. El consenso socialdemócrata generado por la Constitución del 40 se habÃa convertido en un legado manipulable. Fidel Castro se apoyó en esa plataforma para llegar al poder.























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