A un costo de casi $500,000 e inaugurada en 1973, la Ermita está situado de tal forma que el sacerdote que oficia le da la espalda a Cuba y los feligreses están frente a la isla. Según la leyenda, a principios de los años 1600 la Virgen se le apareció a tres pescadores víctimas de una tormenta en la Bahía de Nipe en la costa noreste de Cuba, así que en 1966, cuando el arzobispo de Miami Coleman F. Carroll decidió darle algún terreno a la emergente comunidad cubana para el santuario, sabía que tenía que estar junto al mar.
"Era importante que el templo estuviera en el mismo mar que baña a Cuba'', dijo Román, uno de los 131 sacerdotes expulsados de la isla en 1961 en una barco rumbo a España.
Román fue obligado a salir de la isla pocos días después que la comunidad exiliada participara en la primera Misa de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre de Miami. El arzobispo Carroll había esperado que 5,000, quizás 10,000 personas, se presentaran en el Estadio Bobby Maduro aquel 8 de septiembre, el día de Nuestra Señora de la Caridad. Pero fueron 30,000. Pocas horas antes de la misa, la Virgen que ahora ocupa el altar en la Ermita había llegado de contrabando desde Cuba de la mano de Luis Gutiérrez Areces.
Gutiérrez había sido revolucionario, pero cambió cuando quedó en claro la dirección por la que Fidel Castro llevaba al país. Su vida en peligro, Gutiérrez pidió asilo en la embajada de Panamá. Llevaba un mes allí y había recibido un mensaje del gobierno de Castro "de que me pudriría en el embajada porque nunca me dejarían salir vivo''.
El 7 de septiembre súbitamente le dijeron que podría salir de Cuba al día siguiente.
"Una mujer en la embajada me preguntó si le podría hacer un favor y llevar una maleta para Miami. Me dijo lo que había en la misma. Yo siempre había sido devoto de la Caridad. Le dije: No es un favor'. Nunca sabré como fue recibí ese permiso de último minuto para salir de Cuba. Tuvo que ser la virgencita de la Caridad''. dice el empresario de 71 años y vecino de Medley.
Gutiérrez dice que en Cuba nadie inspeccionó la maleta en el aeropuerto. El tampoco miró adentro. Cuando llegó al Aeropuerto de Opa-locka esperaba darle la maleta a un par de monjas que debían estar esperando. Nunca aparecieron. Así que llevó la maleta a la iglesia St. Patrick de Miami Beach, a donde iba de todas maneras para el bautismo de su hija, que había nacido un mes antes en Miami.
Entregó la maleta en la iglesia y la Virgen fue llevada a toda prisa al estadio justo a tiempo para la primera misa.
"Ella me sacó de Cuba. Y siempre me ha cuidado '', dice Gutiérrez, que va a la Ermita todos los sábados. "Me hubieran podido matar si se enteraban que estaba sacando la Virgen de contrabando. Pero cualquiera lo hubiera hecho. Es la madre de todos los cubanos''.
La Virgen también es una exiliada, dicen muchos fieles de ella, que estaba en una iglesia en Guanabo y es una réplica de la Caridad que todavía está en el famoso santuario de El Cobre.
Es por eso que el indigente aceptó robarse la Virgen en Miami por una caja de cerveza en 1994 nunca tuvo ninguna posibilidad real. Logró agarrar la imagen, de 15 pulgadas de alto, pero fue perseguido y lanzado al suelo por un devoto cuyas oraciones había interrumpido. "Nunca supimos quién estuvo detrás el intento de robo'', dice Román. "Pero siempre hay gente dentro y fuera de este templo. Le arrancaron la Virgen de las manos. Yo lo he visitado en la cárcel. Era un pobre indigente que no tenía idea de lo que estaba haciendo''.
La Ermita está en la jurisdicción de la Aquidiócesis de Miami pero no es una iglesia oficial con una parroquia. No se hacen bodas aunque se celebra misa regularmente. El santuario tiene capacidad para 500 personas.
"Todo el mundo estaba apurado por construirla porque todos esperaban volver pronto a Cuba y querían dejar el templo a la Caridad como un símbolo del tiempo que habían pasado aquí'', dijo Román. "Yo quería esperar, recaudar más dinero y hacer algo más grande. Pero no pude convencer a nadie. Sugerir que pudiéramos estar más tiempo aquí era ofender''.
Hoy medio millón de personas --muchos de ellos no cubanos-- visitan el santuario todos los años. Pero para la comunidad cubana exiliada el santuario y su muro marino son un testamento a los que nunca pudieron regresar y siguen viviendo en una Cuba mental.
"Vengo aquí casi todos los días'', dice José Luis Barcells, de 79 años y frágil, acompañado de Beatrice Mills, su enfermera. "El muro es un lugar muy tranquilo''.
¿Cuando se fue de Cuba?
"Nunca me fui. Tengo un apartamento aquí. Tengo un apartamento allá. Pero todavía vivo en Cuba'', dijo.
La enfermera se encoge de hombros. En realidad él vive en una casa y hace muchos años que no ha vistado Cuba. En ocasiones le falla la memoria. Pero en el muro cualquiera lo entendería.
lmartin@MiamiHerald.com



























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