Los guerrilleros de las montañas y los clandestinos de las ciudades no fueron los únicos que se opusieron al gobierno de Fulgencio Batista. También lo hicieron, con métodos pacíficos y electorales, los líderes y miembros de los dos principales partidos opositores: el Auténtico y el Ortodoxo. En los primeros meses de 1958, la crítica al régimen del 10 de marzo era predominante en la opinión pública de la isla y ganaba terreno en la prensa norteamericana. El embargo de armas que el gobierno de Eisenhower impuso a Batista, con la suspensión del envío de 2,000 fusiles garand, fue la señal inequívoca de una crisis de legitimidad.
El autenticismo y la ortodoxia se fracturaron en actitudes violentas y pacíficas, revolucionarias y democráticas. Carlos Prío, el presidente derrocado, y varios políticos de su gobierno (Varona, Sánchez Arango, Carrillo, Pazos, Hevia, Abreu, Rodón) se desplazaron hacia el polo abstencionista y/o revolucionario, aunque la mayoría de ellos se mantuvo a distancia de Castro. La otra ala del autenticismo, cercana al ex presidente Ramón Grau San Martín y encabezada en el Senado por Eduardo Suárez Rivas, apostó desde 1954 a la vía pacífica y electoral y en marzo de 1958 anunció que contendería por la presidencia en los comicios de noviembre.
La ortodoxia también se escindió ante la encrucijada del cambio violento y la sucesión presidencial. Importantes líderes de ese partido, como Raúl Chibás, Roberto Agramonte y Manuel Bisbé, sin renunciar a sus ideas democráticas respaldaron la revolución. Pero otros sobrevivientes del partido chibasista, como Carlos Márquez Sterling y Emilio Ochoa, se comprometieron con una salida negociada al conflicto. Secundado por Ochoa y Guillermo Alonso Pujol, Márquez Sterling creó el Partido del Pueblo Libre, la institución emblemática de la opción electoral. Jóvenes cristianos y demócratas, como Amalio Fiallo, Manuel Artime Buesa y José Ignacio Rasco, también trabajaron por el cambio pacífico durante el último año de la república.
A los ojos de la sierra, unos y otros, es decir, auténticos u ortodoxos, abstencionistas o electoralistas, no eran más que ''politiqueros'' y ''cómplices del tirano''. Sin embargo, para comprobar que los pacíficos también eran opositores basta con revisar las enérgicas mociones que presentaron en la Comisión Bicameral del 57 y la vehemencia con que los enfrentaron legisladores y ministros batistianos como Rafael Díaz Balart, Anselmo Alliegro, Jorge García Montes, Santiago Rey y Andrés Rivero Agüero. El debate entre ambas posiciones, a pesar de su intensidad, no estuvo exento de los acuerdos electorales que caracterizan a toda democracia.
La Comisión Bicameral alcanzó, por lo menos, cinco acuerdos fundamentales para asegurar la transición democrática: un nuevo censo, vigencia del Código Electoral de 1943, voto directo y libre, supresión del veto provincial y creación de comisiones multipartidistas de fiscalización. El papel de algunos políticos batistianos, como Rafael Guas Inclán y Francisco Batista Zaldívar, fue muy importante en la concertación de aquel acuerdo democrático. El Manifiesto de los Cinco (Márquez Sterling, Ochoa, Pardo Llada, Pendás y Fiallo) de junio del 57, suscribía el objetivo de que ``el gobierno abandone el poder por la voluntad mayoritaria del pueblo y se instaure un sistema de democracia plena''.



























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