En una serie de entrevistas con el ministro García Montes, a principios del 58, los opositores pacíficos, entre quienes todavía figuraba José Pardo Llada, lograron reiterar un conjunto de garantías para las elecciones de noviembre que no sería respetado durante los comicios. Contra la creciente fascinación que ejercía Fidel Castro desde la Sierra, los opositores pacíficos abrieron un estrecho flanco de racionalidad política que, con su minoritaria resonancia, atestiguó la fuerza del mito revolucionario en la cultura política cubana.
El gesto de aquellos opositores pacíficos fue aprovechado por otras instituciones, como la Iglesia Católica, que a principios de marzo del 57, coincidiendo con la convocatoria a elecciones presidenciales, propuso la creación de una Comisión de la Concordia, integrada por Grau San Martín, Raúl de Cárdenas, Víctor Pedroso, Gustavo Cuervo Rubio y el sacerdote Pastor González. Aquella gestión mediadora del episcopado, bien vista por los ministros Emilio Núñez Portuondo y Gonzalo Güell, fue promovida por el cardenal Arteaga y los obispos Díaz, Villaverde, Martínez Dalmau, Riu Angle y Pérez Serantes.
El clima favorable a la distensión comenzó a enrarecerse a mediados de marzo con el embargo de armas y la nueva suspensión de garantías constitucionales. Varias semanas después, tras la huelga general del 9 de abril, la confrontación militar entraba en su fase decisiva, que se extendería hasta el verano de aquel año, cuando inicia la invasión a Occidente de las tropas de Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara. Hasta las elecciones del 1ro de noviembre del 58, en las que votó menos del 30% del electorado cubano, los opositores pacíficos, a pesar de la animosidad que les rodeaba, defendieron con firmeza los procedimientos democráticos.



























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