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La herencia imborrable de José Miró Cardona

 

Especial para El Nuevo Herald

Consustancial a la condición de exiliado es la política. La decisión de alejarse de la patria y tomar residencia en un país extranjero está interferida por situaciones de naturaleza política; de la misma forma el exiliado asume que la estancia en el exterior es temporal y que para poder volver a su tierra no puede abandonar el campo de la política. En el caso cubano uno de los exiliados que encarnó perfectamente el significado de lo que es el exilio fue José Miró Cardona (1902-1974).

Sin dudas, Miró Cardona fue una de las figuras políticas más destacadas en la historia del exilio cubano, de manera particular en los años comprendidos entre 1961 y 1963. Por aquellas fechas Miró ocupó la presidencia del Consejo Revolucionario de Cuba (CRC), una organización que agrupó a los principales movimientos revolucionarios y personalidades cubanas que trabajaban desde el destierro para derrocar al régimen de Fidel Castro. De haber tenido éxito en sus planes el CRC estaba llamado a convertirse en el gobierno provisional de Cuba y Miró Cardona en presidente de la república.

Hijo de un veterano de la Guerra de Independencia, el general José Miró Argenter, Miró se distinguió en el campo del Derecho. Fue abogado criminalista, presidió en dos ocasiones el Colegio de Abogados de La Habana y ocupó la cátedra de Derecho Penal en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana. Años más tarde, ya en el exilio, enseñó la misma asignatura en la Universidad de Puerto Rico y a él se le encomendó la tarea de redactar un código penal para el Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

En Cuba, se destacó en la política como opositor del régimen de Fulgencio Batista (1952-1958). Fue estrecho colaborador de Cosme de la Torriente en la Sociedad Amigos de la República, una iniciativa que tuvo lugar a mediados de los años 50 con el propósito de resolver la crisis del país mediante un acuerdo electoral. Cuando esta gestión fracasó Miró se integró al Conjunto de Asociaciones Cívicas que apoyó la vía insurreccional promovida por Fidel Castro.

Miró tuvo que partir hacia el exilio en 1958 y residió en Miami hasta su regreso a Cuba, cuando el gobierno de Batista fue derrocado el 31 de diciembre de ese año. Había sido profesor de Fidel Castro en la Universidad de La Habana y fue designado primer ministro del gobierno revolucionario, cargo que ocupó por varias semanas. El 13 de febrero de 1959 renunció a tan alta posición política. Poco tiempo después se le nombró embajador en Madrid. Regresó a Cuba en enero de 1960. Ya para esta época se alejaba del giro radical que asumía el proceso revolucionario cubano y, aunque fue designado embajador en Washington, nunca llegó a ocupar el cargo, pues rompió con Castro meses después.

La ubicación de Miró como opositor del régimen castrista le obligó, una vez más, a salir hacia el exilio. Como muchos otros compatriotas que le precedían en el peregrinaje por el destierro, se dirigió a lo que ya era el principal centro de la oposición política en el exterior: Miami. En una carta que escribe al periodista cubano residente en Washington, Carlos Piad, y que está fechada el 11 de enero de 1961, se revela que todavía Miró no se ha integrado plenamente a la lucha activa por derrocar a Castro.

"¿Qué pasa?", le pregunta Miró a Piad refiriéndose a Cuba y a la política de Estados Unidos hacia su país, "¿Qué se cocina en el horno? ¿Qué quiere? ¿A dónde vamos? Son cuatro cuestiones que tu misteriosa sagacidad ha de contestarme en breve si te da la gana de aclarar el crucigrama. Es desesperante la espera de lo que no se sabe que habrá de llegar".

El Nuevo Herald

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