Cuba: la utopía errante

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La herencia imborrable de José Miró Cardona

 

Especial para El Nuevo Herald

Otro aspecto importante de las directrices que se aprobaban en Washington en aquel momento era que el gobierno de Estados Unidos contaría con los exiliados cubanos, particularmente con algunas de las organizaciones de oposición que operaban desde el exilio, para tareas relacionadas con sabotaje, propaganda e inteligencia que fueran útiles para el fin que se proponía. De esta manera nacía la Operación Mangosta (Operation Mongoose) que estaría vigente hasta el mes de octubre de 1962, y que se colocaba bajo la supervisión directa del hermano de Kennedy, el fiscal general Robert F. Kennedy.

Uno de los aspectos más trágicos de aquel proceso fue la falta de entendimiento entre quienes se suponía que fueran aliados. Aunque Miró nunca consiguió que el gobierno norteamericano aceptara algunas de sus propuestas principales, como era el reconocimiento del CRC como un gobierno en el exilio o como la única organización que representaría al conjunto de los exiliados, siempre asumió que su punto principal, es decir, el de la invasión, se habría de llevar a cabo. El reclutamiento de cubanos en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos era para él un indicio claro de que su sugerencia sobre ese particular era parte medular de la política norteamericana hacia Cuba.

Por otro lado es verdad que al menos en una ocasión Miró fue advertido por importantes funcionarios del Departamento de Estado sobre la gravedad que suponía una intervención militar como la que él requería de Estados Unidos. Así lo sugiere un "memorando de conversación" fechado en Washington el 27 de febrero de 1962. Miró, quien se encontraba en la capital de Estados Unidos junto a Manuel Antonio "Tony" Varona, se reunió con Arturo Morales Carrión y Robert Hurwitch quienes le explicaron que "una acción de la naturaleza requerida pudiera provocar una represalia soviética tanto en Cuba como en cualquier otra parte del mundo".

Pero es indudable que Miró requería de una aclaración radical que le convenciera sobre la decisión norteamericana de no descansar en una intervención de sus fuerzas armadas en Cuba como la táctica principal para derrocar a Castro. Y esa aclaración nunca se le ofreció aún cuando el político cubano se reuniese en varias ocasiones con el propio presidente Kennedy.

Esta falta de entendimiento llevó a Miró a una conclusión que, para él, como para muchos de los cubanos que integraban e integrarían la comunidad exiliada, y sobre todo lo que se ha llamado el Exilio Histórico, sería fundamental para marcar su forma de interpretar los acontecimientos de aquella época: Estados Unidos abandonaba una vez más a los cubanos libres que luchaban en contra del comunismo.

Si los acontecimiento de Playa Girón eran un indicio de esa política, lo que sucedía a partir de la Crisis de Octubre era una confirmación de que la "traición" se completaba. No importaba que el gobierno de Estados Unidos seguía auspiciando la desestabilización del régimen castrista con el apoyo que le brindaba a grupos del exilio como el Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR) y la Junta Revolucionaria Cubana (JURE). Lo importante, al menos para Miró, era que no se daría apoyo a una invasión.

Miró renunció como presidente del CRC el 9 de abril de 1963 y aunque ya no tendría la centralidad que llegó a ocupar en la política cubana de aquellos primeros años del exilio, su paso por ella dejó una huella indeleble.

El autor es profesor de Historia de Cuba en la Universidad de Puerto Rico.

El Nuevo Herald

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