Yogi Berra se hizo inmortal no sólo por sus habilidades para jugar pelota sino también por sus razonamientos que, vestidos del ropaje de la sencillez, encierran verdades abrumadoras.
En estos días Berra debe ser el santo de los Marlins de Florida, que seguramente estarán aferrándose con angustioso fervor a aquella frase que inmortalizó al número 8 de los Yankees de Nueva York, que decía que "el juego no se acaba hasta que se acaba".
El juego no se ha acabado para los Marlins. La temporada está viva. Falta un mes de carrera y aún hay que jugar más de 30 partidos y la diferencia es salvable.
Pero cuando llega la hora de apelar por la calculadora para inferir las posibilidades matemáticas y se estudia el calendario restante, entonces, creánme, que algo no está del todo bien.
Y las cosas no están bien en los Marlins. Especialmente desde el Juego de las Estrellas.
La historia es conocida ya. La ofensiva, el mejor aliado de Fredi González en los primeros tres meses de campaña, se evaporó y el equipo que hasta julio era uno de los que más carreras anotaba, ahora le cuesta pisar el plato.
Desde el clásico de mitad de temporada ningún titular promedia por encima de .270 y Dan Uggla, por ejemplo, batea para .193 con apenas 12 impulsadas.
Los hits dejaron de salir, y peor aún, los jonrones, la marca de fábrica de los tres primeros meses, es hoy en día en los Marlins un artículo de primera necesidad, tan anhelado y buscado como seguramente lo puede ser un galón de agua en las vísperas de un huracán.
Quizás esa ofensiva, que parecía un boxeador de peso pesado que sin mucha técnica acaba a los rivales a punta de mazazos, fue una ilusión. De repente, ese largo y angustioso slump con el madero que viven los peces es la realidad y lo que se debió haber esperado desde un principio de campaña.
¿Cómo no pensar que esos tres primeros meses fueron una anomalía y el bateo de hoy es una realidad?
En las puertas de septiembre, la desesperación ya se nota en el tono de voz de González y también en su mirada. Lo que pide el mánager cubano antes de cada serie, que es ganar al menos dos de tres, ya no sirve. Si los peces lo llegasen a hacer, para que desbanquen a Nueva York tendrían que ligar que los Mets jueguen con un récord negativo. Y eso es un hecho, así lo señalan las matemáticas.
El calendario de los peces a partir de ahora es bastante parecido a los de los Mets de Nueva York o el de los Filis de Filadelfia. De hecho, los tres enfrentarán 12 veces a equipos con récord por debajo de .500, así que por ese lado no hay una ventaja clara.
Mientras tanto, el pitcheo ha levantado su nivel y no hay ninguna duda de que es el mejor entre los tres clubes en pelea por el título del Este de la Nacional. Pero tampoco se le puede pedir a Scott Olsen, Josh Johnson, Aníbal Sánchez, Ricky Nolasco y Chris Volstad que lancen sin errores todo el tiempo. Habrá juegos -quizás pocos pero los habráen que van a ser explotados por los maderos contrarios.
La matemática y la filosofía de Yogi dicen que aún hay chance para los peces. Pero la realidad dice otra. Y es que después de todo una nómina de apenas $22 millones sólo compra sueños, no campeonatos.
TOQUES DE BOLA

























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