En medio de la soledad y la tristeza, los niños encontraron una fuente de consuelo: sus amigos de la niñez.
Así fue como empezaron a reunirse los domingos por la tarde en Ocean Drive y la Calle 14 en Miami Beach, donde tenían mar, arena y palmas, bajo cuya sombra evocaban momentos más felices en Cuba.
Era todo un cambio, porque los programas del club bar-mitzva se desenvolvían en un salón del lujoso Patronato de la Casa de la Comunidad Hebrea de Cuba, inaugurada en 1953.
Eso sí, la confraternidad seguía intacta.
Un domingo, merodeando por la avenida Washington y la Calle 15, descubrieron un pequeño local semioscuro en una arcada. A la tienda vacía la bautizaron como La Cueva.
Se la mostraron a los adultos de la comunidad cubanohebrea y la alquilaron. Ahí fue plantada la semilla de la Congregación Cubano Hebrea de Miami.
Durante los fines de semana, los jóvenes llevaban el tocadiscos para bailar y jugar dominó. Con el tiempo, formaron la banda musical The Bagels, que revivía la Vieja Cuba con clásicos como Guantanamera y Son de la Loma, y combinaba música folklórica israelí.
"Siempre tratábamos de organizar actividades para mantenernos unidos'', dijo Raúl Gorfinkel, a quien le tocaba "hacer de chofer'', porque era el único que tenía automóvil.
En 1975, luego del paso por varios locales alquilados en Miami Beach, construyeron una pequeña sinagoga en 1700 Avenida Michigan que hoy se usa como capilla, embellecida por vitrales multicolores que recrean Jerusalén la Antigua. Una década después, se inauguró el santuario principal y el salón de fiestas de la congregación, que tiene una afiliación de 420 familias.
Tres judíos de Pedro Pan han sido presidentes de la junta directiva del templo judeocubano.
A pesar del desconsuelo de haberlo dejado todo atrás, lograron tener éxito y pudieron recrear ese sentido de comunidad que los destacaba en Cuba.
El comienzo no fue fácil. "Eramos cubanos y judíos, y no teníamos mucha aceptación'', subrayó Gorfinkel.
Sin embargo, como lo han hecho judíos durante generaciones, superaron la adversidad y el destierro --especialmente aquellos cuyos padres siguieron enseguida sus pasos-- en la tierra que se transformó en su nuevo hogar y les trajo shalom, paz.
"No teníamos nada'', concluyó Elio Penso. "Pero estábamos felices de estar los cuatro juntos''.
dshoer@elNuevoHerald.com



























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