Se fue Humberto Solás, el más soñador de los cineastas cubanos. Con su muerte desaparece el gran estilista de frescos líricos y épicos de la cinematografía nacional y un artista genuino que hizo historia en la filmografía de América Latina y del Tercer Mundo con creaciones como Manuela (1966), Lucía (1968) y Un hombre de éxito (1986).
Semanas atrás habían llegado las noticias de su repentina e irreversible enfermedad. Decidió recogerse y morir en su casa del reparto habanero de Miramar, junto a su hermana y otros seres queridos. Tampoco quiso pompas fúnebres ni ditirambos oficiales de despedida. Su entrañable amigo Tony Somoza, quien mantenía permanente contacto con él desde Miami, dice que estaba melancólico y contrariado, y que los sufrimientos le precipitaron el cáncer.
"Se murió de la tristeza de no ver a Cuba crecer'', me confesó Somoza, quien fue asistente de dirección de Solás desde los rodajes de Cecilia en 1981.
La muerte de Solás generó esta semana intensos intercambios en páginas digitales y blogs cubanos donde apareció su obituario. Como era de esperarse, entre la avalancha de comentarios emergió el tema de sus filiaciones ideológicas y compromisos políticos, que se ha convertido en el punto cenital de los juicios sobre artistas cubanos que viven y mueren dentro de la isla.
Nadie podría negar la manipulación política que el régimen cubano ha hecho históricamente de las figuras artísticas. La obra de Solás forma parte de la creación artística cubana posterior a 1959, y es obvio que su filmografía se benefició sensiblemente de la protección estatal que recibió por más de 40 años. Resultaría también improcedente a estas alturas desdibujar las alianzas del cineasta con la dirección del Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), la casa productora de sus filmes antológicos.
Pero igualmente mezquino sería calzarle a Solás los calificativos de "artista al servicio del castrismo'' y tachar a sus películas de ‘‘propagandísticas'' por haberse producido dentro de las limitaciones creativas impuestas por la censura gubernamental. A la hora de hacer el balance de una época trágica para la condición cubana, los filmes de Solás van a quedar como testimonios inmejorables de la idiosincrasia nacional, de lo que fuimos y somos los cubanos. En el renacimiento futuro de una Cuba democrática deben estar conservados los títulos de Ramón Peón, Manolo Alonso y León Ichaso con los de Solás y Tomás Gutiérrez Alea.
He conocido a pocos artistas con las dosis de inconformidad, cultura, pasión y angustia creativa que palpitaban en la personalidad de Solás. Hombre perfeccionista, gustoso de los retos estéticos a contracorriente, fiel a la indagación de las raíces cubanas con la misma sensibilidad con que reverenciaba el cine de Luchino Visconti o asimilaba la pintura de Paolo Uccello, Solás deja las imágenes más románticas y desgarradoras del universo femenino y sus laceraciones más íntimas desde la colonia hasta nuestros días.
Entablé una estrecha comunicación con él a partir de septiembre de 1988, cuando fui a hacerle una entrevista que se publicaría en un número de la revista Revolución y Cultura dedicado a su persona. Y la ocasión no pudo ser mejor para comprender las profundas contradicciones que agobiaban al cineasta en una Cuba ajena a las cambiantes realidades mundiales.





























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