El filósofo francés Alain Badiou, neomarxista por más señas, recomienda que en la historia política se distingan siempre las razones del estado y las motivaciones de los sujetos. No es un mito que cientos de cubanos murieron luchando contra Batista: lo que es un mito es que la razón por la que se levantaron en armas haya sido el socialismo. Tampoco es un mito que otros miles murieran enfrentándose al comunismo, por lealtad a las ideas democráticas y nacionalistas de la primera revolución, y no por anexionismo o apostasía, como sostiene el relato habanero. Ese drama, el de la guerra civil y el exilio, generados por la deriva comunista, sigue siendo inadmisible en La Habana de hoy.
La historia oficial es, en palabras de Badiou, una ''verdad de estado'' incuestionable y, a la vez, ficticia. Lo curioso es que ese discurso estatal sea incapaz de contar su propia historia porque no puede colocar al poder en el centro de la narración. Los regímenes totalitarios trasmiten, simbólicamente, la idea de que el poder de las élites no existe, que quienes lo ejercen son ''las masas''. Por eso ninguna historiografía marxista ha producido, hasta hoy, una verdadera historia del poder soviético o del poder chino: son historiadores liberales quienes lo han hecho. Lo mismo sucede con la historia oficial cubana: no puede narrar la construcción del poder socialista, entre 1959 y 1961, porque para hacerlo tendría que describir el maquiavelismo de sus líderes.
Cuando es ''el pueblo'' quien gobierna, la historia política desaparece y en su lugar queda una epopeya consoladora. En ese mundo perfectamente armónico no hay disidencias o fricciones y quienes se oponen son desprovistos de toda subjetividad o autonomía y asumidos como agentes de alguna fuerza diabólica. La historia de la revolución o, más bien, de las dos revoluciones cubanas debe ser reescrita para contar lo que sólo desde la crítica puede ser contado: el nacimiento del totalitarismo y sus oposiciones. El discurso oficial, tan lleno de certezas místicas, presenta esa reescritura como ''distorsión'', ''mentira'' o falseamiento de una historia sagrada. Pero la crítica sabe que el conocimiento histórico sólo avanza por medio de la desmitificación y la duda.


























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