Raúl Martínez es uno de los políticos más controvertidos del sur de la Florida, aunque también uno de los más exitosos.
Realista, fanfarrón y carismático, Martínez gobernó Hialeah como alcalde durante más de dos décadas. Demócrata en una ciudad dominada por los republicanos, jamás perdió unas elecciones, pese a haber sido condenado en un juicio federal por corrupción, investigado por fraude electoral y filmado cuando golpeaba a un manifestante que protestaba.
El alcalde cubanoamericano afrontó todos los escándalos con la postura de un peleador. Su condena se anuló en la apelación, nunca se le instruyó de cargos en la inverstigación sobre fraude electoral, y la bronca callejera es esfumó en una nota al pie.
Martínez admite que puede ser un pararrayos, pero afirma que le gusta a los electores porque, por encima de todo, ha sido efectivo.
"Todo lo bueno que he hecho por la comunidad superaría por mucho cualquier cosa que hubiese hecho mal o considerase como tal, dijo Martínez.
Mientras camina por la calle 51 en Hialeah durante un reciente homenaje, Martínez -conocido por El Grande por su estatura de 6 pies cuatro pulgadas- resulta una figura familiar para los residentes que lo recuerdan desde el año 1981, cuando inició su primer período como alcalde. "Lo apoyo totalmente'', dijo Caridad Vizcaino, una demócrata que ha vivido en Hialeah durante 39 años. "De todos los alcaldes que he conocido, él es el mejor. Transformó increíblemente este lugar y convirtió un pequeño pueblo en una gran ciudad''.
El mes próximo Martínez sabrá si el reconocimiento local --incluso el ayuntamiento de Hialeah lleva su nombre-- bastará para ganarle un puesto en la escena nacional. Aspira a reemplazar al titular Lincoln Díaz-Balart en el Congreso en representación del Distrito 21, que se extiende desde el sur del condado de Broward hasta el sur del de Miami-Dade.
De tener éxito, el hombre que en una ocasión, bromeando, lanzó la idea de permitir que Hialeah se separara de Miami-Dade, ganaría el puesto político que ha deseado durante años, y podría incluso redimirse algo en el proceso. Un puesto en el Congreso fue el sueño de Martínez hace 18 años. El caso por corrupción desbarató el plan. Pudo haber sido el primer cubanoamericano en el Congreso. Esa distinción la obtuvo entonces la republicana Ileana Ros-Lehtinen, la esposa del entonces fiscal federal Dexter Lehtinen, cuya oficina procesó a Martínez.
Aún hoy, esa oportunidad perdida estimula parcialmente su campaña. Martínez, 59, contempla el trabajo congresional como una extensión de su anterior trabajo político. Trabajaría por una atención médica al alcance de todos, por tasas más bajas de aseguramiento de la propiedad y por una reforma migratoria, dijo. Financiaría los programas con el dinero desviado de los proyectos de infraestructura en Irak.
Cuba, no obstante, sigue estando presente en su combate. Tanto Martínez como Díaz-Balart apoyan el embargo comercial a Cuba; sólo difieren en cuanto a la cantidad de veces que los exiliados Cubanos pueden visitar la isla para ver a sus familiares o enviarles dinero. Martínez favorece el levantamiento de las regulaciones que restringen las visitas de los exiliados a una cada tres años. Díaz-Balart apoya las restricciones impuestas por el presidente Bush en el 2004.



























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