Mientras trataba de mantenerse a flote, Martínez se quitó la ropa desgarrada que llevaba y se quedó en calzoncillos, no sin antes sacar la billetera con su identidad impulsado por un presentimiento de que lo fuesen a confundir con uno de los secuestradores.
De pronto sintió una mano en el hombro, dice, y se percató que era Juana María Méndez, una pasajera embarazada que tampoco sabía nadar y trataba de salvarse.
"Me dio un gran susto cuando la vi, y le dije que me iba a hundir a mi también. Ella se soltó y se hundió'', dijo Martínez.
La puerta del avión amenazó con sumergirse y Martínez trató de mantenerse a flote infructuosamente abrazando una almohada que pasó cerca. Entonces confió de nuevo en la puerta flotante sin apoyar mayor peso en ella, solo la barbilla, y volvió a gritar desesperadamente.
Nadie le respondió. Sobre la bahía caía una tenue lluvia.
Se tocaba la cabeza y se preguntaba cómo era posible que estuviera vivo si podía meter sus dedos en los agujeros que tenía en el cráneo.
Sobre un ala del avión que quedó inclinada por fuera de la superficie, dos hombres luchaban por no resbalar y caer al mar infestado de tiburones. Martínez sostiene que eran dos de los piratas aéreos. Más tarde los vio lanzarse al mar.
Cuando se fueron apagando los últimos quejidos, Martínez escuchó lo que parecía ser un chapuceo de remos. De pie, sobre una canoa rudimentaria iba hacia él un campesino de la región que le pidió que subiera, pero Martínez no tenía fuerzas y se había fracturado la mitad de las costillas por el cinturón de seguridad, que terminó rompiéndose.
Finalmente lo logró, pero como el bote tenía en el fondo agua fría de lluvia acumulada, el cuerpo corpulento del hombre de 5 pies 10 pulgadas de estatura que estaba en las aguas tibias del mar empezó a convulsionar, lo que hacia bandear peligrosamente la canoa.
" ‘Nos vamos a virar, nos vamos a virar', me decía el guajiro mientras yo temblaba sin control y él me ponía la luz de la linterna en la cara''.
La embarcación llegó a las playas de la bahía, adonde luego el mismo barquero llevó a Omara González y a su primo Luis Sosa, otros pasajeros sobrevivientes del avión.
El coronel Rodríguez, un primo de Martínez y oficial del Ejército del gobierno de Fulgencio Batista que combatía en la zona contra los alzados de Raúl Castro, le envió 10 soldados que lo llevaron al hospital de Preston.
Con las heridas suturadas y envuelto en un escudo de esparadrapo alrededor de las costillas, Martínez se presentó en el primer piso del hospital a reconocer los cadáveres de su familia.
Alrededor del tobillo de una pierna amputada que le mostraron vio una cadena con el nombre de su esposa Betty Haney, con quien planeaba mudarse a Varadero.
"La reconocí porque yo le había regalado una cadenita con el nombre de ella y dije sí, ésa es mi esposa'', expresó.
Los cuerpos de sus tres hijos no se los mostraron por las condiciones terribles en las que estaban.
Martínez se quería morir también.
A partir de ese instante no sólo ha tenido que cargar con el peso de la pena, ligeramente amortiguado por dosis diarias de antidepresivos, sino con el remordimiento que le producen los recuerdos de su mujer rogándole que no se fueran a vivir a Cuba.
Betty, de 25 años, no quería saber nada de Cuba desde que dos años antes uno de sus hijos estuvo a punto de morir en la isla de disentería sin que ella pudiera atenderlo porque estaba en Tennessee, el lugar de residencia de la familia.





























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