Martínez, que nació en el central azucarero Chaparra, en las cercanías de Holguín, había viajado a Cuba para que su familia conociera al niño. Pero el bebé se enfermó y estuvo al borde de la muerte. Fue salvado por médicos de La Habana.
La esposa nunca olvidó esas horas de angustia y por ello se opuso a la idea de mudarse a la isla el día que Martínez la llamó desde Varadero a decirle que había descubierto el paraíso.
Martínez aceptó un cargo de inspector de una gigantesca planta de conversión de bagazo de caña de azúcar en papel en la ciudad de Cárdenas, a pocos kilómetros de Varadero.
Le ofrecían un sueldo de $615 mensuales, una muy buena suma para la época, el triple de lo que ganaba en el mismo cargo, en la Bowaters Southern Paper Corporation de Tennessee.
A pesar de que había nacido en Cuba, Martínez no conocía Varadero, el lugar que escogió para alquilar una casa en la que comenzaría su nueva vida, lejos de los aletargadas parajes de Tennessee que tanto le aburrían.
"Llamé a mi esposa y le dije: ‘Vende o regala la casa que tenemos y vente con los niños' '', recuerda Martínez.
Ella aceptó a regañadientes y se citaron en Miami. El vendría de La Habana y ella de Chattanooga, Tennesee, con los tres niños.
Contagiados quizás por la tristeza de su madre, los niños tampoco querían viajar a ese lugar remoto y extraño donde su papá había encontrado un mejor trabajo.
Martínez recuerda que los padres de Betty tuvieron que arrastrar a los niños que lloraban y gritaban hasta el avión que los llevó de Chatanooga hasta Atlanta. De allí tomaron un vuelo a Miami, donde los esperaba Martínez.
Los obstáculos que el destino le interpuso a su familia para no viajar a Cuba aumentaron a la llegada a Miami, relató Martínez.
Empleados de la oficina de Cubana de Aviación en el aeropuerto se negaron a que la familia abordara el avión alegando que los documentos de Martínez no estaban en regla. Martínez era ciudadano estadounidense. Después de la tragedia, el sobreviviente concluyó que el verdadero motivo de los impedimentos era que algunos de los empleados eran cómplices de la operación.
"Ellos sabían que iban a poner en riesgo a una familia americana y por eso no querían embarcarnos, quizás no querían niños a bordo, pero sus excusas para no llevarnos eran estúpidas'', dijo Martínez.
Al subir al avión de Cubana de Aviación en el Aeropuerto de Miami esa tarde del primero de noviembre de 1958 con sus hijos de 5, 4 y 2 años, Betty le entregó a Martínez una póliza de seguro de vida firmada por ella, advirtiéndole melancólicamente "y con cierta rabia'', recuerda Martínez, que si moría en Cuba que no la enterraran allí.
El vuelo, que debía salir para Varadero a las 2 de la tarde, despegó alrededor de las cinco como consecuencia de la larga discusión de los empleados con Martínez.
Cuando el avión iba a la altura de los Cayos de la Florida, recuerda Martínez, unos cuatro o cinco hombres jóvenes se pusieron de pie, sacaron armas y apuntaron a los pasajeros.
"Entonces se fueron hacia adelante y... se vistieron como de combate. Uno de ellos salió corriendo y entró a la cabina, y entonces en vez de ir a Varadero, que era un vuelo tan corto, desviaron el avión para Mayarí Arriba, en las montañas de Oriente'', relató Martínez.
Al llegar a esa zona el avión empezó a buscar pistas de aterrizaje y hacer aproximaciones suicidas, agregó el sobreviviente





























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