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Colombia intenta documentar su violenta y dolorosa historia

 
 

María Edilma Pérez enseña la foto de su hermano José Nervey Pérez, víctima de la matanza de Trujillo, donde fueron asesinadas entre 1986 y 1994 un total de 342 personas en el suroeste de Colombia.
María Edilma Pérez enseña la foto de su hermano José Nervey Pérez, víctima de la matanza de Trujillo, donde fueron asesinadas entre 1986 y 1994 un total de 342 personas en el suroeste de Colombia.
EFE

BOGOTA

Una mañana en la sede de la fiscalía general de Colombia, Miguel Páez esperaba impaciente para ver a la mujer que había arruinado su vida.

Cuando vio a alias "Karina'', rodeada de cinco guardaespaldas armados y conducida de prisa a la sala de un tribunal, se le acercó y le dijo: "Mírame. Acuérdate de mi. Recuerda que tú me castraste''.

Karina, una antigua comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que se entregó a las autoridades en mayo, bajó la cabeza y rápidamente fue llevada para que continuara con la confesión de los crímenes que cometió durante sus más de 20 años en el movimiento guerrillero.

Su testimonio es sólo un fragmento de la violenta historia del país. En toda Colombia se está adelantando un esfuerzo para registrar las atrocidades, investigar la verdad y cerrar los casos de muchas víctimas.

A primera vista, el pueblo oeste de Trujillo parece un lugar plácido, casi indolente, donde los residentes esparcen granos de café sobre un tapeta de plástico para secarlos al sol en las calles alrededor de la plaza principal. Pero en una colina cercana se encuentra el constante recuerdo de un pasado oscuro.

Allí, un emblanquecido monumento conmemora las vidas y muertes de 342 víctimas de un feroz brote de violencia entre 1989 y 1994 conocido como la Masacre de Trujillo. Durante años, en este pueblo, las familias de las víctimas habían estado compartiendo sus historias y su dolor entre ellas mismas, y ventilando su enojo ante la impunidad de los victimarios.

Pero ahora sus trágicos relatos se han convertido en parte de la historia oficial de Colombia, de la historia de violencia que ha afligido a este país desde hace más de veinte años. En un informe de 300 páginas llamado "Trujillo: Una Masacre sin Fin'', un grupo de académicos conocido como el Grupo de la Memoria Histórica, ha narrado la historia de este pueblo. Es el primero de una serie de reportes cuyo objetivo es contar algunos de los episodios más oscuros del violento pasado de Colombia.

El documento y el monumento son dos ejemplos de las innumerables formas en que las víctimas, victimarios, artistas y académicos están relatando la historias de los miles de colombianos asesinados, masacrados, torturados y desaparecidos en la lucha entre dos ejércitos guerrilleros izquierdistas, grupos paramilitares de derecha y las tropas del gobierno.

Normalmente, esta búsqueda de la verdad se produce al final de un conflicto, cuando los victimarios no plantean ya un peligro. Pero Colombia decidió realizar esta tarea cuando más de 10,000 guerrilleros todavía están luchando por el control del país, y mientras que muchos de los 30,000 combatientes pramilitares, que se habían desmovilizado como parte de un acuerdo con el gobierno, se están rearmando y reagrupando.

Gonzalo Sánchez, un reconocido historiador que encabeza el Grupo de la Memoria Histórica, reconoce que muchas de las historias que están saliendo a la luz pública son sólo medias verdades.

Pero los colombianos no pueden esperar a que se produzca la paz antes de buscar la verdad, demandando compensaciones y honrando a sus víctimas. "La sociedad lo está exigiendo ahora'', dijo.

Parte de lo que se pide es que las víctimas sean reconidas y honradas.

En El Peñol, un pequeño pueblo a orillas de un lago en la provincia de Antioquia, familias reunieron fondos para marcar a 42 de sus víctimas en una línea de bloques de concreto colocada en una colina junto al principal camino hacia el pueblo. Además, han escrito un "libro de memorias'', donde los familiares de cada víctima cuentan las historia de sus seres queridos muertos en la violencia.

El Nuevo Herald

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