¿Cómo Fidel Castro y un puñado de seguidores fanáticos pudieron llevar a los cubanos a una dictadura marxista-leninista y colocar al país en la órbita soviética, si los comunistas apenas tenían simpatías en la sociedad y jamás alcanzaron el cinco por ciento de apoyo electoral? Eso pudo ocurrir porque los cubanos, en general, aunque distaban mucho de tener simpatías por los comunistas, tampoco sentían mucho respeto por las instituciones republicanas, tal vez porque la clase política tradicional, a su vez, había dado muestras de muy poco respeto por el imperio de la ley. Los cubanos, en suma, se llamaban revolucionarios con un tinte de orgullo, y esperaban ansiosamente a que un líder bien intencionado, rodeado de otros como él, estableciera en el país el reino de la justicia y la equidad. Ese Mesías era Fidel Castro y sus apóstoles eran los barbudos que lo obedecían, de manera que una buena parte de la sociedad se entregó en sus manos sin medir las consecuencias de ese acto de fe ciega en el caudillo venerado.
Naturalmente, en los primeros años hubo una gran resistencia popular a la entronización del comunismo en Cuba, con alzamientos campesinos generalmente protagonizados por guerrilleros que habían luchado contra Batista, y una invasión de exiliados en abril de 1961 auspiciada por el gobierno norteamericano (unos 1,500 hombres que desembarcaron por Bahía de Cochinos y fueron derrotados en 48 horas), pero Fidel Castro, a base de mano dura, leyes draconianas, numerosos fusilamientos, una gran determinación y mucho armamento soviético, logró sortear todos esos obstáculos iniciales, se apoderó del aparato productivo, encarceló o puso en fuga a la mayor parte de sus adversarios, consiguió liquidar a la oposición y consolidó la dictadura. A mediados de la década de los setenta, casi veinte años después del triunfo revolucionario, todavía había en la cárcel unos 40,000 presos políticos, se habían llevado a cabo unos 7,000 fusilamientos y más de un millón de personas se habían exiliado.
Por supuesto, nada de esto hubiera sido posible sin la ayuda soviética. Moscú vio en la revolución cubana una oportunidad de conseguir un aliado situado a pocos kilómetros de Estados Unidos, lo que le daba una gran fuerza dentro de los esquemas de la guerra fría, así que, además de armar y adiestrar a las Fuerzas Armadas cubanas, a partir de mediados de 1961 comenzó a desplegar en la isla unos 40,000 soldados y oficiales soviéticos, mientras colocaba sigilosamente misiles atómicos capaces de destruir en pocos minutos las principales ciudades norteamericanas.
Descubiertos estos cohetes en octubre de 1962 por la inteligencia norteamericana, el gobierno de John F. Kennedy decretó el bloqueo marítimo de Cuba y le exigió a Moscú la retirada de ese armamento, cosa a la que se avino Nikita Kruschev, entonces Primer Ministro de la URSS. Sin embargo, como parte de la negociación que puso fin a esta peligrosa crisis, la Casa Blanca aceptó no invadir a Cuba directamente, ni permitir que otra nación latinoamericana lo hiciera.
Si la fallida invasión de Bahía de Cochinos de abril de 1961 había provocado el fin de la resistencia armada cubana contra el comunismo, el acuerdo Kennedy-Kruschev de octubre de 1962 tuvo el efecto de garantizar que Estados Unidos no intentaría liquidar violentamente al gobierno de Castro, compromiso que resultó reforzado un año más tarde, tras el asesinato en Dallas de John F. Kennedy. El gobierno cubano desde entonces tuvo vía libre para crear una sociedad comunista prácticamente sin oposición.
La creación de una sociedad comunista
En octubre de 1960 se produjo la confiscación y estatización de todas las empresas
medianas y grandes del país. A partir de ese momento comenzó a marcha forzada la
construcción de un Estado comunista en el que el gobierno controlaba la mayor parte del
aparato productivo.
Casi toda la propiedad agraria fue a parar a manos del gobierno, entonces dispuesto a convertir a Cuba en un emporio azucarero aún mayor de lo que entonces era.
En el orden comercial e industrial sucedió lo mismo. En 1959, en Cuba se fabricaban unos 10,000 productos y existía un denso tejido comercial en manos privadas. El Estado confiscó todas esas empresas y decretó la industrialización forzosa del país. Cuba saltaría sobre las previsiones de Marx y construiría el comunismo sin pasar por la etapa del capitalismo desarrollado. ¿Cómo? Lo haría bajo la dirección de Fidel Castro y el Che Guevara, con el ímpetu revolucionario del hombre nuevo, movido por resortes emocionales y no por recompensas económicas.
La consecuencia de aquellos planes improvisados, casi todos basados en la afiebrada imaginación de Fidel Castro, fue la quiebra financiera del país, una reducción sustancial de la capacidad de consumo de los cubanos, y el fracaso de lo que se llamó el ‘‘idealismo revolucionario'', inaugurándose a partir de 1970 una total sovietización del modelo administrativo cubano, mediante el calco, a partir de ese momento, de cuanto se hacía en Moscú. Lo que entonces se dijo era que terminaba la etapa del "gobierno carismático unipersonal'' y se pasaba a la era del "pragmatismo institucional'' guiado por el Partido, algo que, en realidad, nunca sucedió porque Fidel mantuvo totalmente las riendas del poder en sus manos.
Paradójicamente, el desastre económico provocado por la revolución no impidió que una de las principales funciones del gobierno fuera tratar de crear en todas partes regímenes similares al forjado en Cuba. En América Latina, prácticamente todos los países, con la excepción de México, ya fueran dictaduras o democracias, sufrieron las intervenciones militares cubanas, directa o indirectamente, y Cuba se convirtió en el santuario de guerrilleros y subversivos de todas partes del mundo, incluidos los terroristas vascos de ETA, los tupamaros uruguayos, los montoneros argentinos, los macheteros puertorriqueños, los miricos chilenos, el FMLN de El Salvador, los sandinistas nicaragüenses o los narcoterroristas de las FARC colombianas. Dentro de esa atmósfera de aventurerismo y violencia fue que en 1967 el Che Guevara perdió la vida en Bolivia tras haber intentado crear guerrillas en el Congo pocos años antes.
Las consecuencias del comunismo
En el terreno económico, las consecuencias del establecimiento del comunismo
desataron también una terrible catástrofe. Paulatinamente, Cuba dejó de ser una de las
naciones más prósperas de América Latina para convertirse en una de las más pobres e
improductivas, pese a haber contado durante treinta años con el masivo subsidio de los
soviéticos, calculado en algo más de $100,000 millones. Ello ha provocado una
disminución notable de la calidad de vida de los cubanos y un visible deterioro de sus
condiciones de vida en los cinco renglones básicos de cualquier sociedad moderna:
alimentación, vivienda, agua potable, comunicaciones y transporte.
El comunismo pudo, incluso, diezmar la industria azucarera, provocando que a principios del siglo XXI el país produjera la misma cantidad de azúcar que a fines del siglo XIX, cuando no existían la electricidad o los tractores y el país tenía la décima parte de la población con que hoy cuenta.
La educación masiva universitaria ha generado un número importante de graduados, unos 800,000, entre los que hay 65,000 médicos y millares de ingenieros, convirtiendo a Cuba en el país latinoamericano con mayor capital humano con arreglo a la población. Sin embargo, ese alto nivel educativo aumenta la frustración de la población, en la medida en que las personas comprueban que la educación y el esfuerzo individual no traen aparejado un mejor nivel de vida, dado que el salario promedio de los cubanos graduados en las universidades no excede los veinticinco dólares mensuales.
Pese a la penuria general en la que viven los cubanos, sometidos al racionamiento y a las mayores carencias, el país posee un extendido sistema de salud, atendido, en general, por médicos competentes, dato que se confirma en los buenos índices sanitarios en materia de criaturas nacidas vivas, longevidad y morbilidad. Lamentablemente, junto a esta estructura médica, hay una casi total carencia de medicinas, equipos y material, al extremo de que los pacientes muchas veces tienen que llevar sus propias sábanas y en los salones de cirugía faltan el hilo de sutura y los jabones, mientras suele escasear hasta la anestesia.
Tal vez en el deporte es donde la revolución ha cosechado sus mejores frutos. No hay otro país latinoamericano, incluidos Brasil, México y Argentina --los tres grandes de América Latina--, que hayan obtenido tantas medallas como Cuba en los torneos internacionales. Sin embargo, junto a esa innegable verdad está la de un Estado que se proclama dueño de la voluntad y la vida de sus atletas y no los deja salir al exterior a convertirse en profesionales y perseguir sus propios fines, lo que provoca el espectáculo grotesco de jugadores de béisbol que tienen que escapar en balsa para poder desarrollar su potencial deportivo como libremente hacen los atletas del resto del mundo.
Cómo se sostiene el sistema
Si el balance final de medio siglo de comunismo cubano, objetivamente, es tan
negativo como se desprende de este recuento, ¿por qué el régimen de los Castro ha sido
uno de los pocos que sobrevivió a la debacle que acabó con la URSS y sus satélites, pese
a que este episodio significó, además, el fin del cuantioso subsidio soviético a Cuba en
1991, entonces calculado en $5,000 millones anuales y la caída súbita de la capacidad de
consumo de los cubanos en un cuarenta por ciento?
Según el gobierno de La Habana, esa capacidad de resistencia se debe a la adhesión casi unánime de los cubanos al régimen, y al origen autóctono del comunismo cubano. De acuerdo con esta explicación, no fue un sistema impuesto por el Ejército Rojo como los que existían en Europa, sino el resultado de una revolución surgida de la voluntad del propio pueblo.
Sin embargo, tal vez la razón sea otra. El régimen ha resistido porque Fidel y Raúl Castro no permitieron la menor fisura que pudiera poner en peligro el control que ejercen sobre absolutamente todas las instituciones y órganos del poder, como sucede en Corea del Norte, país que tampoco modificó su modelo esencialmente estalinista y tampoco ha visto cambios sustanciales. En Cuba no hay espacio para la discrepancia organizada en ninguna zona del poder. Ningún funcionario puede expresar un criterio discrepante sin ser inmediatamente apartado de su cargo y, en el mejor de los casos, condenado al ostracismo. El Partido, el aparato administrativo, los militares y la policía, la prensa, los jueces y fiscales: absolutamente todos los órganos de gobierno están en las manos de los Castro y no existe el menor vestigio de instituciones independientes.
El postcomunismo
En todo caso, lo probable es que con la desaparición de los hermanos Castro el
comunismo cubano llegará a su fin. ¿Por qué? Por cuatro razones básicas:
* Porque en Cuba no hay otro heredero y las instituciones del sistema --el Partido y el Parlamento fundamentalmente-- son cascarones vacíos, carentes de cualquier elemento de legitimidad que les permita transmitir la autoridad de una forma aceptable para el conjunto de la sociedad y para la propia estructura de poder.
* Porque esa estructura de poder ya no cree en el sistema, como confirman una y otra vez los desertores de alto rango o los familiares de los dirigentes que logran salir del país. Medio siglo de fracasos es un periodo demasiado largo para que cualquier persona medianamente inteligente pueda mantener la fe en ese minucioso desastre.
* Porque un país no puede excluirse permanentemente de la influencia de su entorno. Tras la desaparición de la URSS y la conversión de China a un capitalismo salvaje de partido único, el comunismo dejó de ser una opción viable en el mundo contemporáneo. Cuba no puede ser permanentemente la excepción marxista-leninista en una época en la que ese modelo se extinguió por su propia crueldad e incapacidad.
* Porque los cubanos saben que hay salida a la crisis. No ignoran que en el momento en que comience la transición el país va a recibir una ayuda caudalosa de Estados Unidos y del resto del primer mundo, lo que permitirá que la sociedad vea a muy corto plazo las consecuencias positivas del cambio.
Obviamente, la recuperación de Cuba no será sencilla, como no lo ha sido en ninguno de los países que abandonaron el comunismo en Europa, pero la infusión de capital económico, junto al notable capital humano con que cuenta la isla, aunados tras un cambio de sistema, auguran un futuro muy prometedor para los cubanos si consiguen un grado razonable de sosiego político. Cuando se llegue a ese punto, va a parecer casi inexplicable que durante 50 años tres generaciones de cubanos vieron cómo sus vidas se consumían al calor del error, la dictadura y la sinrazón de la revolución cubana.




























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