Antes del inicio de los Vuelos de la Libertad, Washington estimaba que los cubanos que habÃan huido de la isla desde el inicio de la revolución eran unos 270,000. Unos 180,000 se asentaron en Miami y otros 90,000 en otras ciudades. Cuando el programa llegó a su fin, la cifra sumaba más de 615,000.
Un artÃculo de la revista National Geographic en 1973 que explicaba el fenómeno de los refugiados lo describió asÃ: "Hay tantos cubanos viviendo en Miami que a veces parece que ha surgido otro paÃs dentro de los lÃmites municipales. Los exiliados han dejado una huella indeleble en Miami. Según cualquier indicador, su impacto ha sido extraordinariamente profundo''.
Si los refugiados de los Vuelos de la Libertad dejaron una huella imborrable en el sur de la Florida, el dolor de tener que abandonar su paÃs dejó también profundas cicatrices en ellos. Muchos cuentan conmovedoras historias de sus últimos dÃas en Cuba; de cómo hoscos soldados venÃan a sus casas para anunciarles la salida de la familia, al otro dÃa. De cómo el gobierno inventariaba todas sus pertenencias y no podÃan sacar ninguno de sus bienes. De cómo les sellaban la puerta de la casa para que nadie pudiera entrar.
Los pasajeros de los Vuelos de la Libertad también recuerdan que los revolucionarios los llamaban "gusanos'' y que les anulaban el pasaporte al salir, lo que significaba que no podÃan regresar a la isla.
Alicia Villate, de 73 años y de Hialeah, que llegó en uno de los últimos vuelos en 1972, dijo que su último dÃa en Cuba fue un infierno, excepto por un solitario gesto de bondad.
Cuando le demoraron la salida un dÃa, se encontró sin un lugar donde dormir con su hijo de 2 años. Como les habÃan informado que les quitarÃan todo el dinero en el aeropuerto, habÃa venido sin un centavo. "Y entonces empezó a llover'', recuerda. "Me senté en un banco con mi hijo y me eché a llorar''.
Un compañero de vuelo le prestó 10 pesos para que pudiera alquilar una cama y comprar comida. En Miami, tras un emotivo reencuentro con su esposo Raúl, se apresuró a pagar la deuda.
"Fue un gesto de bondad en un dÃa muy difÃcil y siempre lo recordaré'', dijo Alicia.
José Añorga, vecino de Hollywood y ahora de 70 años, estuvo entre los que salieron en el primer vuelo el 1ro de diciembre de 1965. TodavÃa conserva las fotos del periódico donde aparecen él y Rebeca, entonces su esposa, embarazada, llevando a su hija mayor y caminando un poco aturdidos por la pista del Aeropuerto Internacional de Miami. "TodavÃa recuerdo el dÃa en que llegué como si fuera ayer'', dijo Añorga.
"En unos minutos terminó mi vida en Cuba y comenzó la de aquÃ''.
Olga Carballo, que llegó en uno de los vuelos del verano de 1967, recuerda sobre todo la tristeza.
"El dÃa en que me fui de Cuba, me despedà de mi querida abuela. Nunca pude volverla a ver. Y nunca lo he podido olvidar'', dijo Olga, de 53 años, supervisora distrital para educación bilingüe de las escuelas de Miami-Dade. También dejó atrás a su padre y a su hermano, que entonces tenÃa 15 años y ya estaba sujeto al servicio militar obligatorio. La familia no puedo reunificarse en Estados Unidos hasta 1979.
"Mi padre me habÃa dicho que vendrÃa al aeropuerto para decirme adiós desde la cerca'', recuerda. "En lo que subÃa las escaleras para entrar en el avión lo vi. Estaba en el techo de su carro diciéndome adiós con los brazos''.
Rolando Llanes, de 47 años y arquitecto en Miami, considera su salida de la isla un exitoso ‘‘intento de rescate'' de sus padres, Arturo, que ahora tiene 70 años, y MarÃa Luisa, de 69, que sabÃan que en Cuba iban a tratar de adoctrinarlo.
"Tuvieron mucho valor'', dijo. Inicialmente se reasentaron en Nueva York. Ambos eran veinteañeros por esa época. "No me puedo imaginar lo que serÃa vivir un dÃa en un pueblito cubano y al siguiente estar en Washington Heights en Nueva York, en 1968''.
Su padre, Arturo Llanes, dijo que se habÃa ido de Cuba y que nunca regresarÃa "hasta que Fidel Castro y su hermano Raúl se hayan ido''. Sin embargo, valora mucho algo que le dio el gobierno que lo obligó a exiliarse, su número de salida: 100,470.
"Antes de morir me gustarÃa tatuármelo en el pecho'', dijo, conteniendo las lágrimas.
Han pasado 50 años y muchos niños de los Vuelos de la Libertad --la mayorÃa de sus padres han fallecido-- sienten el dolor del desarraigo y la necesidad de preservar su historia en el exilio.
"Tener una página de internet donde los cubanos como yo, que llegamos de niños, podamos encontrarnos es muy importante'', dijo Rolando LLanes. "Tenemos que preservar la historia de los tuvimos que irnos de nuestro paÃs en esa época tan especial''.
El redactor de Alfonso Chardy, de The Miami Herald, contribuyó a este reportaje.
lyanez@MiamiHerald.com





























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