En la cárcel, las mujeres eran implacablemente castigadas, lo que sólo servía para unir aquella hermandad extraordinariamente diversa. Campesinas pobres como Olga Rodríguez Morgan y Aracelis Rodríguez San Román se mezclaban con la antigua aristocracia de la sociedad cubana como la abogada Albertina O'Farrill, que había sido la esposa de un embajador en los años de Batista o Polita Grau, la sobrina del antiguo presidente cubano, Ramón Grau San Martín, que vivió para lamentar su inicial apoyo a Fidel Castro.
El testimonio, sacado de contrabando, de un preso político y llevado a la Comisión Inter-Americana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos narraba la violencia de un Día de las Madres en 1961:
Habían cientos de nosotras, prisioneras políticas, en Guanabacoa, y nos querían trasladar a Guanajay, donde las condiciones eran insoportables... La cárcel quedó completamente rodeada por unos 600 hombres y mujeres armadas... Nos atacaron con mangueras de agua, con una presión entre 200 y 300 libras... Había una presa que tenía seis meses de embarazo y le dirigieron el chorro de agua directamente contra el vientre para hacerla abortar. Muchas de nosotras corrimos para protegerla y cubrirla con nuestros cuerpos. La presión del agua nos dejó una profunda marca en la piel que nos duró unos dos meses.
"Desde un punto de vista humanitario, independientemente de cómo pensáramos políticamente y respetando las creencias mutuas, estábamos juntas'', recuerda Luisa Pérez, una bibliotecaria de Miami, que estuvo entre las mujeres que se pusieron frente a la embarazada Raquel Romero para protegerla de las poderosas mangueras. El bebito sobrevivió. "Si le tocaban el pelo a una de nosotras, todas salíamos a defenderla''.
Luisa Pérez, Georgina Cid, Olga Rodrígez Morgan y Ana Lázara Rodríguez están entre las docenas de mujeres que sobrevivieron aquel violento Día de las Madres tras las rejas, pocas semanas después de la frustrada invasión de Bahía de Cochinos.’
Georgina acababa de regresar a su celda tras una visita de su madre cuando oyó ‘‘aquellos gritos terribles''. Las mujeres empezaron a sacudir la puerta de la celda para romper el cerrojo y sumarse a la pelea.
En Diario de una Sobreviviente: 19 años en una Cárcel Cubana de Mujeres, Ana Lázara Rodríguez describe la escena como "un caleidoscopio de patadas y puñetazos. ... Gente caía de ambos bandos... Pero los hombres tenían la ventaja del tamaño, el número y las armas''.
Cuando estalló el motín en el patio de la cárcel de Guanabacoa, Olga Morgan estaba siendo castigada en su celda. "Yo estaba en la Galera 5 y había estado haciendo un hueco para escapar así que cuando vimos tantos milicanos afuera pensamos que habían descubierto el hueco. Pero no, era una trampa para trasladar algunas mujeres a Guanajay, y golpear a las madres y familias que habían venido a vernos'', dijo Olga, que ahora vive en Ohio con su esposo James Goodwin.
"Fue un momento importante'', dijo. "Fue un momento en que empezamos a vernos a nosotras mismas como una sola''.
Olga Morgan era una guajira - una campesina - que se había criado en una región tabacalera, en una choza con piso de tierra. Como dirigente estudiantil en Santa Clara, se había enamorado de William Morgan, el comandante yanqui de las tropas de Fidel Castro.
Tras el triunfo de Castro, la pareja fue relegada a administrar una granja de cría de ranas en Pinar del Río. Rápidamente, William Morgan empezó a conspirar contra el giro de Fidel hacia el comunismo. Arrestado en octubre de 1960, fue fusilado cinco meses más tarde. Para el Día de las Madres de 1961, Olga Morgan había dejado a sus dos bebitas con su madre. Ahora era un viuda presa, condenada a 30 años.




























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