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Fin de la era de la revolución

 
 

Castro realizó una visita oficial a Chile en 1972 que extendió por más de tres semanas reuniéndose con líderes políticos, sindicales y estudiantiles a los cuales arengó con sus postulados extremistas y su discurso antiimperialista. A su llegada a Santiago de Chile fue recibido por el general Augusto Pinochet, que en aquel momento fue jefe militar de la Comarca de Santiago.
Castro realizó una visita oficial a Chile en 1972 que extendió por más de tres semanas reuniéndose con líderes políticos, sindicales y estudiantiles a los cuales arengó con sus postulados extremistas y su discurso antiimperialista. A su llegada a Santiago de Chile fue recibido por el general Augusto Pinochet, que en aquel momento fue jefe militar de la Comarca de Santiago.
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Especial para El Nuevo Herald

La sustitución, ahora ya externa, de Fidel Castro por su hermano Raúl, clausura la era de la revolución en América Latina: esto que se ha dicho hasta la saciedad, no es del todo cierto, pero lo es en gran medida. En realidad, la época y la idea de la revolución en América Latina pasó a la historia hace tiempo, aunque aparezcan balbuceos bolivarianos, zapatistas e indigenistas aquí y allá.

En cambio, si el reemplazo de Fidel Castro no cierra un capítulo ya concluido, su advenimiento hace casi medio siglo indudablemente lo abrió. Quizás la gran paradoja de la influencia de Fidel Castro en América Latina y en particular en el seno de la izquierda latinoamericana fue que renovó y refrescó a esa anquilosada izquierda, para luego volverla obsoleta.

En efecto, a finales de la década de los 50 la idea de revolución (socialista, comunista, permanente, o incluso nacional) había desaparecido del firmamento progresista latinoamericano. Los partidos comunistas fundados casi todos en los años 20 se habían incorporado, haciendo gala de oportunismo, al establishment hemisférico. En Uruguay, en Chile, en Brasil, en Cuba y hasta en Colombia, los famosos mamertos pasaron a formar parte de las élites políticas, sindicales e intelectuales de sus respectivos países. Nada más ajeno a ellos que subvertir y transformar el orden existente de las cosas. La izquierda populista --peronista, getulista, pri-cardenista, aprista-- o había sido marginada del poder o se había enfrascado en sus contradicciones internas insalvables: corrupción, represión, nacionalismo retórico y conciliación vergonzante. Y la izquierda radical simplemente no existía.

En este paisaje desolado irrumpe el Movimiento Revolucionario el 26 de Julio y su jefe. Tanto por la táctica --lucha armada versus contienda electoral, campo versus ciudad-- como por la estrategia --revolución socialista versus reformismo nacional-popular-- y la teoría --marxismo ortodoxo versus teoría de la dependencia avant la lettre-- la revolución cubana no fue, como lo preguntó genialmente Régis Debray ¿una revolución en la revolución? sino una revolución en la izquierda.

Fidel y Raúl Castro, el Che Guevara y Manuel Piñeiro se dedicaron durante los siguientes 30 años a promover y poner en práctica esta idea táctica, estratégica y teórica de la revolución en toda América Latina, e incluso en partes de Africa. Con la excepción sin embargo de la victoria sandinista en Nicaragua en 1979, y el triunfo del MPLA en Angola a mediados de los 80, el intento fracasó por completo. Incluso en Nicaragua prosperó sólo unos años y a un costo exorbitante para el país, en parte determinado, por supuesto, por la hostilidad de Estados Unidos.

El problema fue doble: durante los años 60 y 70, el vicio fue de diagnóstico, de táctica, y de estrategia. El resto de América Latina no correspondía a la visión que de Cuba tenían los castristas (no necesariamente cierta, por lo demás), ni era factible la lucha armada generalizada, ni estaba en la orden del día la revolución socialista en todas partes. De ahí la muerte del Che, pero también de Luis de la Puente, de Camilo Torres, de Carlos Fonseca, de Carlos Marighela, de Miguel Enríquez, de Jorge Massetti, etc.

Ya a partir de los años 80 el asunto se tornó más complicado. El socialismo dejó de ser vendible en el mundo entero, y por tanto en América Latina. Los signos de descomposición afloraron en China y en Polonia, y a partir de 1985 en todo el bloque socialista, culminando en 1989 con la caída del Muro de Berlín.

El Nuevo Herald

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