Cuba: la utopía errante

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Fidel Castro: el gran obstáculo entre Cuba y Estados Unidos

 
 

Fotografía de 1959 del líder cubano Fidel Castro junto al entonces vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, en Washington.
Fotografía de 1959 del líder cubano Fidel Castro junto al entonces vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, en Washington.
AP

Especial para el Nuevo Herald

En vez de corresponder a la tendencia moderada del Departamento de Estado, Castro decidió soltar las riendas de su antiamericanismo, rechazando el pacto de la Guerra Fría, prioritario para Washington, y buscando una alineación con su rival, la Unión Soviética. Esta decisión, la más importante de cuantas tomó en su larga carrera política, tuvo, naturalmente, motivaciones ideológicas y sentimentales, pero, ante todo, una clara raíz geopolítica: enfrentar a Estados Unidos desde una posición de fuerza. Como se demostró durante Bahía de Cochinos en 1961, la Crisis de los Misiles en 1962 y las tres primeras décadas de su régimen, la inscripción de la isla en la órbita soviética fue un acto de astucia, destinado a perpetuar el poder doméstico y, a la vez, no tener que negociar la vecindad con Estados Unidos sobre la base de la menor concesión.

La forma que adoptó el conflicto cubanoamericano desde el pacto Kennedy--Kruschev era, por demás, sumamente favorable a Fidel Castro. Estados Unidos, con su embargo comercial y su diplomacia anticomunista, trataba a la Cuba revolucionaria como un enemigo, pero no la invadía. La Habana, por su parte, organizaba toda su política exterior en función de la confrontación con Washington, en América Latina, Asia y Africa, sobre todo, pero se aseguraba la protección invaluable de la Unión Soviética. La reducción de la enemistad al ámbito simbólico, que es donde Fidel Castro desplegó toda su maestría, fue altamente ventajosa para la Habana, que globalmente aparecía como la víctima de su poderoso e intransigente vecino.

Cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín y en 1992 se desintegró la Unión Soviética, Fidel Castro había perfeccionado extraordinariamente aquella astucia. La Cuba socialista perdió la protección militar de Moscú, pero ya para entonces había ganado una legitimidad considerable en el Tercer Mundo, Europa, y aún, dentro de Estados Unidos, que limitaba la capacidad de acción de Washington en el terreno internacional. En el contexto posterior a la Guerra Fría, el conflicto entre Cuba y su gran vecino adoptó una nueva modalidad, determinada por el incremento de la importancia electoral de Miami y la influencia de la comunidad cubanoamericana en el trazado de la política de Washington hacia la isla.

Durante los dos períodos presidenciales de Bill Clinton (1992-2000), La Habana supo aprovechar en beneficio propio las tensiones entre Miami y Washington, como se comprobó durante los meses previos a la firma de la Ley Helms-Burton, en 1996, y, sobre todo, durante el caso del niño balsero Elián González, en los dos últimos años de aquella administración. Durante las dos administraciones de George W. Bush, el gobierno de Fidel Castro se concentró en presentar, hacia adentro y hacia afuera, la alianza entre Miami y Washington como un engranaje destinado a la invasión de la isla y la destrucción de su sistema político, bajo un formato similar al seguido contra el régimen de Sadam Hussein en Irak.

Este eficaz aprovechamiento simbólico del expediente de la "invasión'', por parte del gobierno de Fidel Castro, explica que en un momento tan desfavorable para su imagen internacional, como el que se inicia con el encarcelamiento de 75 opositores pacíficos, en la primavera del 2003, regiones tradicionalmente contrarias a la política de Estados Unidos, como América Latina y Europa, luego de una crítica reacción inicial, mantuvieran su posición de "diálogo'' con La Habana. El desencuentro entre Estados Unidos, Europa y América Latina, en torno a la política hacia Cuba, es, en buena medida, un éxito de la astucia internacional de Fidel Castro.

La astucia ha resultado ser una herramienta poderosa para manejar la confrontación simbólica con Washington, pero su eficacia es limitada, ya que funciona en ausencia de negociación. La muerte de Fidel Castro marcará el fin de la era de la astucia porque la aspiración a un reconocimiento incondicional de la legitimidad del socialismo está ligada a la figura del máximo líder. Raúl Castro y los demás herederos y sucesores del régimen cubano saben que para normalizar relaciones con Estados Unidos es necesario negociar y que toda negociación implica el intercambio mutuo de ventajas comparativas. Cuando dicha negociación comience, podremos decir que la democracia cubana se acerca.

Mientras Fidel Castro controló personalmente las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, cada vez que se construyeron breves y frágiles escenarios de distensión --1962, 1976, 1980, 1995-- el líder cubano los dinamitó con astucia. Sin Fidel Castro en los controles de ese vínculo tan decisivo para el futuro de Cuba, al gobierno de la isla le será difícil impedir que Estados Unidos haga "el papel de bueno'' --como dijo el ex gobernante al rechazar la ayuda norteamericana para los damnificados de dos huracanes recientes-- y ofrezca una transacción diplomática a La Habana.

El resultado final de esa negociación del diferendo histórico entre ambos países será la liberalización de la economía y la democratización de la política cubanas.

El Nuevo Herald

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