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La Iglesia cubana vive, sufre, espera y trabaja

 
Feligreses cubanos en una iglesia de La Habana en abril.
AFP/Getty Images

Especial para El Nuevo Herald

Retos de un futuro complejo

La iglesia en Cuba enfrenta retos que comprometen su presente y su futuro. A ese futuro lo llamo complejo y no "incierto'' o "difícil'', que fueron las primeras palabras que me saltaron a la mente. La Iglesia tiene cinco de esos retos en:

* La situación de descristianización del pueblo, fruto del ateísmo estatalmente inducido desde el poder. Esto incluye la pérdida de valores morales y de motivaciones espirituales, la falta de fe y la presencia de la desesperanza en buena parte de la población, unido a la ignorancia religiosa.

* El diálogo y la colaboración con las otras iglesias cristianas, con las que la iglesia comparte y condivide el servicio espiritual del pueblo cubano, en especial el servicio de la Palabra Evangelizadora.

* La atención respetuosa y el trabajo constructivo con esa parte del pueblo que ha accedido a la fe religiosa a través de la "piedad popular'', de carácter sincrético, y cuya referencia institucional pasa por la Iglesia católica.

* La apertura e integración en la realidad cubana de la isla de los cubanos del exilio, en parte considerable de origen católico.

* La articulación e implementación de canales de participación de todos los cubanos, creyentes o no, en un diálogo verdaderamente nacional, de carácter metapolítico, y que pueda iniciarse desde ahora e incrementarse en el futuro, como un camino de reconciliación religiosa y social, que incluya también a los no creyentes. Esto supondría una relectura creativa de nuestra historia y una propuesta de acción y reflexión que nos permita superar divisiones, exclusiones y demonizaciones, que han hecho de nuestra patria "una tierra triste, como tierra tiranizada y de señorío''.

Una iglesia que se atreviera a transitar por este camino, con humildad y valentía, permitiría revertir el presente difícil e incierto, en un futuro luminoso y posible, basado en el respeto y aceptación de las diferencias, y de los diferentes, neutralizando todo intento de hegemonización opresivo y excluyente. Un diálogo así sería la mejor plataforma para una democracia pluriforme y abierta.

El Nuevo Herald

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