Cuba: la utopía errante

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La frenética subversión internacional de Fidel Castro

 
 

El Che Guevara en 1965 en el Congo, donde ayudó a organizar un movimiento guerrillero.
El Che Guevara en 1965 en el Congo, donde ayudó a organizar un movimiento guerrillero.
Archivo MCT

Especial para El Nuevo Herald

Fidel Castro entró a formar parte del bloque soviético cuando la URSS se consolidó como superpotencia militar e irrumpió fuera de la masa continental euroasiática, en los momentos también del cisma chinosoviético y de la descolonización afroasiática.

En Africa, Medio Oriente y América Latina, su familiar silueta, tocada con un puro en la boca, se vio mitificada por su antiyanquismo, que lo convirtió en el paladín de la escena no alineada.

El elemento definitorio de su política exterior fue conformar alianzas con Estados que compartiesen su enemistad hacia Estados Unidos y la democracia, proyección que, en plena Guerra Fría, implicó integrarse a los intereses estratégicos de la URSS.

Su política exterior, la más desconcertante y provocadora de los tiempos modernos, como si fuese una potencia militar, se proyectó en islas, estrechos y territorios claves de dos continentes: Africa y América Latina, utilizando una red de organizaciones pantallas que le permitió unificar recursos y ganancias políticas dentro del antiguo bloque soviético y entre los movimientos de izquierda.

Con rapidez, fundó un entramado de espionajes (la DGI, el Departamento América, la DIM) considerado en su momento el tercero del planeta, después de la KGB y de la CIA, no sólo por su dimensión sino por su capacidad para golpear diversos objetivos en lugares dispares, y para descubrir, identificar y explotar conflictos locales genuinos o evitables. Estos dominaron las acciones encubiertas, la falsificación de documentos, la inteligencia humana y tecnológica, la penetración de gobiernos (Ana Belén Montes, la Red Avispa en Estados Unidos), ejércitos e instituciones civiles, la adquisición de secretos, la implantación de centros ilegales, la desinformación y guerra psicológica, la promoción de la narcoguerrilla, la transferencia tecnológica occidental al bloque soviético, el lavado de dinero, el comercio ilegal. Ni la Mossad israelí, la Stassi germanoriental, la Securité francesa o el M-6 inglés lograron montar la vastedad de maquinaciones de espionaje y subversión como él: en América Latina y Africa, en el mundo árabe y el asiático, del Sahara español a Vanuatu, en el Pacífico.

Castro transformó a Cuba en un estado mayor de lucha armada, terrorista, y de inteligencia contra Estados Unidos, arrastrando consigo a toda una generación latinoamericana y afroárabe, y en ocasiones a una cautelosa Unión Soviética. Poco se conoce, fuera de los círculos militares y de inteligencia, de la complejidad y la magnitud de esta subversión, cuando un verdadero racimo humano, alrededor de 25,000 individuos de diversos continentes y filiaciones ideológicas (entre ellos 10,000 latinoamericanos), fueron entrenados como guerrilleros y terroristas en más de una docena de campos de entrenamientos dentro y fuera de la Isla.

Nunca en la historia contemporánea un país tan pequeño y escaso de recursos ha ejercido la influencia internacional de la Cuba castrista. Ni la China de Mao o el tercermundismo de Nehru, ni el neomarxismo europeo o el panarabismo de Nasser, ni la autogestión de Tito o el sandinismo de los Ortega, se granjearon la mitológica proyección de Fidel y el Che, que invadió los mapamundis y llevó al mundo al borde del holocausto nuclear. Esta impronta de violencia no fue igualada por Estado o estadista de su época, fuese Muamar Khadafi, el ayatolá Jomeini, Saddam Hussein, Yasser Arafat o Hafez el Assad; ninguno acumuló la experiencia, la ramificación operacional, la infraestructura y las alianzas del castrismo para desatar la revolución en cualquier parte del mundo; ninguno perfeccionó como él la organización de focos guerrilleros, la piratería aérea, golpes de Estado, envío de mercenarios a escenarios bélicos de América Latina y Africa, y otras formas de operaciones de baja intensidad.

El Nuevo Herald

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