"Me levanté a las 7 de la mañana después de estar haciendo planes durante toda la noche y les dije a mis hombres: ‘Escuchen, la radio nacional enmudeció. ¿Hay algo ocurriendo?' Ninguna de las emisoras estaba transmitiendo'', dijo Matos, que posteriormente se enfrentó a Castro y fue encarcelado.
Sin tiempo para consultar a Castro, Carlos Franqui, periodista de la guerrilla, miembro del Movimiento 26 de Julio y director de Radio Rebelde, empezó a transmitir. Los mensajeros corrieron a informarle a Castro, que ocupaba posiciones en un central azucarero unos 60 kilómetros al norte de Santiago.
"Tuve que comenzar a tomar decisiones que eran facultad de la dirección o de Fidel'', dijo Franqui, quien salió de Cuba en 1968 y ahora vive en Puerto Rico. "Hubiera sido fatal para Radio Rebelde mantenerse en silencio. Decidà aceptar la responsabilidad y tomar las decisiones lógicas''.
Batista habÃa huido pero la guerra no estaba ganada.
El general Cantillo estaba en La Habana buscando a un magistrado de alto nivel que ocupara el lugar de Batista, como establecÃa la Constitución. Cantillo convenció a un juez renuente en bata de baño.
Pero Castro deseaba llenar el vacÃo de poder. Furioso y temeroso de que los rebeldes se quedaran fuera, comenzó a emitir órdenes.
"Como es natural, el primero de enero fue también un dÃa terrible'', dijo Castro en el libro de Franqui Diario de la revolución cubana. "Nos traicionaron e intentaron robarle la victoria al pueblo. Tuvimos que actuar con mucha rapidez''.
Castro se dirigió a Palma Soriano, en Oriente, para grabar alocuciones radiales.
El comandante Camilo Cienfuegos se dirigió al Campamento Militar de Columbia, al mismo tiempo que Raúl Castro marchó a Guantánamo para forzar la rendición de la ciudad. Guevara fue despachado a la fortaleza de La Cabaña, sobre la bahÃa de La Habana.
"¡Revolución, sÃ!'', proclamó Fidel por las ondas radiales. "¡Golpe militar, no!''
"Fue un plan elaborado y ejecutado con tanta precisión que Batista cayó prácticamente el dÃa que habÃamos pensado que lo harÃa y tomamos Santiago de Cuba el dÃa que habÃamos planeado'', dijo Castro en el libro.
"Quisieron robarnos el triunfo, y si no hubiésemos actuado con rapidez las consecuencias habrÃan sido serias''.
Algunos en La Habana también actuaron con suma rapidez: multitudes jubilosas saquearon los casinos y las casas de las personas leales a Batista.
"Pude ver cómo la gente corrÃa cargando con cortinas, lámparas y aparatos de aire acondicionado'', recuerda Fabricio --que entonces tenÃa 12 años-- y observaba lo que ocurrÃa desde el edificio de apartamentos donde vivÃa frente al Hotel Riviera.
"Se llevaban las puertas. Otro sÃmbolo impopular del régimen, los parquÃmetros, fueron destrozados''.
El fundador de Hermanos al Rescate, José Basulto, que entonces tenÃa 18 años, recuerda que algunos preparaban cocteles Molotov en la Universidad de La Habana, clausurada desde hacÃa tiempo, mientras las máquinas tragamonedas rodaban por las calles de la ciudad.
"La atmósfera era caótica. Todo el mundo se preguntaba qué podrÃa ocurrir'', dijo Basulto. ‘‘Recuerdo haber entrado a una estación de policÃa donde me apropié de un arma. Los policÃas estaban adentro, mirándonos. Estaban de servicio pero no hacÃan nada''.
El ataque de Matos a Santiago nunca se materializó porque los jefes militares se rindieron. Raúl Castro tomó el Cuartel Moncada sin disparar un tiro.
Esa noche Castro anunció la victoria desde un balcón del Ayuntamiento de Santiago de Cuba. Franqui recuerda la muchedumbre que corrió a saludar a Castro y tocarle la barba.
"TenÃa algo de culto'', dijo Franqui. "No me gustó''.
Una vez que se nombró presidente al abogado Manuel Urrutia, Castro comenzó el viaje hasta La Habana, que duró una semana, donde fue recibido como un mesÃas.
Llegó el 8 de enero y demoró 45 dÃas en ocupar el cargo mayor.
"No recuerdo a nadie que estuviera triste o preocupado por lo que acababa de ocurrir. Todo lo contrario'', recuerda Eduardo Padrón, presidente del Miami Dade College, que entonces tenÃa 14 años.
"El primero de enero, lo cierto es que no imaginábamos la magnitud de lo que nos esperaba en los próximos años. En ese momento no se nos ocurrió que se convertirÃa en algo que llegarÃamos a odiar ni que durarÃa tanto''.
"Cincuenta años es demasiado''.
frobles@MiamiHerald.com





























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