La prisa con que fueron escritas las primeras reseñas del libro de los tres contratistas estadounidenses secuestrados por la guerrilla colombiana y su relación con Ingrid Betancourt, dejaron por fuera lo que siempre se pierde en las carreras hípicas del periodismo: los matices.
La impresión con la que mucha gente quedó, a partir de los fragmentos que se divulgaron cuando Out of Captivity (HarperCollins Publishers) llegó a las librerías, es que los tres gringos terminaron odiando a Betancourt por arrogante y chivata. Pero la relación entre los norteamericanos y la ex congresista es mucho más compleja de lo que quedó en el aire.
En el libro subyace una historia de un torneo inconfesable de deseos de varios hombres en abstinencia sexual y cautiverio por una mujer inteligente y atractiva, más fuerte físicamente que muchos de ellos y con una exposición cultural superior. En flexiones de pecho, la ex congresista superaba a varios de los soldados y políticos secuestrados. Y en reflexiones políticas, podía discutir de cualquier tema con los americanos en su propio idioma.
En ese ambiente no es sorprendente que uno de los contratistas vea en el rostro de Ingrid la sonrisa de La Mona Lisa y otro el de una víbora. Al final, la imagen compartida por los tres parece ser la de una mujer arrogante y manipuladora dispuesta a aliarse con quien necesite, incluyendo los guerrilleros, para obtener sus objetivos.
Los tres ex empleados de la compañía American Northrop Grumman, Marc Gonsalves, Keith Stansell y Tom Howes, fueron secuestrados el 13 de febrero del 2003. Por fallas mecánicas el avión monomotor en el que realizaban una operación de reconocimiento aéreo de plantaciones de coca al sur de Colombia, se fue a pique en territorio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Fueron liberados 1,967 días después tras una espectacular operación de rescate del ejército colombiano.
Para entender el ambiente que vivieron los autores es importante recordar ciertos antecedentes. El escultural cuerpo de Betancourt, logrado a base de ejercicios diarios y la dieta forzada de la selva, ocasionó un problema disciplinario a las FARC. De acuerdo con el recuento de algunos ex secuestrados, los baños que Betancourt tomaba en los ríos cercanos a los campamentos -- las mujeres se bañaban con calzones y sostén -- se convirtieron en un festival de voyeurismo de los guerrilleros que la cuidaban y de algunos secuestrados.
El problema llegó a un punto que obligó a los jefes de las FARC a construir en los pozos del río un pequeño baño con plásticos negros que cubrían la privacidad de la ex congresista, entonces de unos 45 años, pero sólo del lado de la orilla del campamento. Algunos guerrilleros se las ingeniaban para cruzar el río y tener una vista completa desde la otra orilla.
Así que cada uno de los hombres secuestrados albergaba, en forma abierta o solapada, un sentimiento particular por Betancourt que lo hacía actuar de una manera distinta según sus posibilidades de acceso a la mujer: desde el papel de macho protector del ex senador Luis Eladio Pérez hasta el de los supuestos avances abusivos del subteniente del ejército colombiano Raimundo Malagón, pasando por el amor epistolar de Gonsalves y el odio de Stansell. Este último se consideraba "un macho Alfa, y en varias partes del libro deja en claro que era el más fuerte y el de voz más intimidante. Sus declaraciones postsecuestro han sido las más fuertes contra Betancourt.




























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