Gerardo Reyes

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Ingrid Betacourt, de Monalisa a vibora

 
 

De izquierda a derecha, los estadounidenses Tom Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves, ex rehenes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), durante una acto realizado en la Universidad de Columbia, en Nueva York (EEUU) donde presentaron su libro "Out of Captivity". EFE/Miguel Rajmil
De izquierda a derecha, los estadounidenses Tom Howes, Keith Stansell y Marc Gonsalves, ex rehenes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), durante una acto realizado en la Universidad de Columbia, en Nueva York (EEUU) donde presentaron su libro "Out of Captivity". EFE/Miguel Rajmil
Miguel Rajmil / EFE

El Nuevo Herald

La forzada ociosidad de los secuestrados aseguraba que cada incidente que ocurría en el campamento, fuera analizado, discutido y vuelto a evaluar por sus testigos y protagonistas.

Entre esos episodios, los primeros que ocasionaron roces con Betancourt tuvieron que ver con la instalación de una hamaca por parte de Howes en un lugar en el que ella y Pérez consideraban muy cercano al dormitorio de ella (o de ambos, en ciertas noches); luego fue la discusión por el color de unos colchones que recibieron.

También les molestaba el dominio absoluto y privado que la pareja tenía de una pequeña colección de libros que los guerrilleros habían llevado para todos los secuestrados y de un improvisado escritorio que usaban sin pensar en los demás.

En un ecosistema de cautiverio en el que todo tiene un valor en alimentos, cigarrillos o favores, se puede desencadenar una polémica como la que ocurrió cuando los estadounidenses descubrieron que otra de las secuestradas les cobraba arbitrariamente una multa en cigarrillos por entregar tarde un diccionario español-inglés. Los contratistas averiguaron que el diccionario era para uso de todos los secuestrados y el tiempo que quisieran.

La relación de Betancourt con los norteamericanos se complicó cuando estos se enteraron de que la mujer le había dicho a los guerrilleros que tuvieran cuidado con ellos porque realmente se trataba de agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que tenían implantados en sus cuerpos unos dispositivos de localización satelital.

Al otro extremo del arco emocional, el libro muestra la historia de un amor prohibido, el de Gonsalves con Betancourt, en el que se atraviesan los celos de Pérez, a quien los guerrilleros habían separado de la ex congresista tras una fuga fallida.

Largas horas de conversaciones íntimas y carcajadas entre el americano y la política, llevaron a las FARC a separarlos también.

Gonsalves escribe aún con nostalgia de ese momento.

"Ingrid y yo fuimos lanzados a esta mixtura de emociones. Dos personas en la selva tratando de entenderse a través de una precaria química de sentimientos’’.

Tras la separación a una distancia de no más de 20 metros, pero bajo la prohibición de hablar, ambos decidieron continuar la relación por carta.

En la película que se está preparando sobre el drama, seguramente tendrá una gran relevancia la escalofriante y demoledora imagen de Gonsalves viendo a Ingrid por primera vez con cadenas al cuello castigada en su refugio.

"Pensé que iba a vomitar’’, escribió Gonsalves.

La relación llegó a su fin por una vía traumática. Un día, cuentan los contratistas, Betancourt se presentó en su refugio escoltada por uno de los jefes guerrilleros del campamento y los obligó a que les hicieran una requisa a todos sus papeles y pertenencias.

Betancourt, quien se presentó con los brazos cruzados sobre el pecho y con una actitud muy arrogante, según el libro, buscaba desesperadamente las cartas que alguna vez le envió a Gonsalves.

Las cartas no aparecieron.

"En mis cinco años de cautiverio yo no había visto algo igual’’, le comentó Howes a Gonsalves.

El Nuevo Herald

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