En un tiempo donde la crisis económica y los escándalos de A-Rod y Roger Clemens tienen a las Grandes Ligas con los pelos de punta, una historia como la de Zack Greinke nos recuerda que el béisbol ayuda a la redención humana como ningún otro deporte.
El derecho ha acaparado los cintillos de los periódicos y los planos de video en las cadenas de televisión con un talento poco común en el montículo y unos números que levantan las cejas: dos lechadas en cuatro desafíos, tres juegos completes, seis victorias y una efectividad de 0.40. Sencillamente, increíble.
Greinke tiene la habilidad de sumar y restar millas en cada envío lo que impide que los bateadores encuentren alguna comodidad o patrón reconocible en su actuación, para no hablar ya de su recta perforadora, de su pronunciada curva y un cambio que mejora por días.
Con solo 25 años, Greinke ha sacado del olvido y puesto de nuevo en el mapa de las Mayores a una franquicia moribunda como la de los Reales de Kansas City, que ha duplicado la asistencia al estadio y por fin tiene algo de lo que puede sentirse orgullosa.
Pero esta historia aparentemente feliz no llegó hasta aquí sin antes vencer varios capítulos oscuros, tan negros que amenazaron la posibilidad de que hoy estemos conversando de Greinke como la cosa más natural del mundo.
Cuando los Reales eligieron a Greinke como el número seis en el draft universitario del 2002, estaban convencidos de que le echaban mano a un muchacho con unas habilidades fuera de lo común, pero los reportes de los scouts no detallaban los serios problemas de personalidad que muy pronto aflorarían para poner en suspenso su carrera en este deporte.
Greinke no estaba preparado para lidiar con la adversidad ni relacionarse de la mejor manera con sus compañeros y el mundo en general. "Yo odiaba ser el centro de atención'', recuerda el serpentinero. "En los clubhouses no soportaba estar en medio de la gente''.
De modo que el joven levantó una pared entre él y el resto de la humanidad, perdió el gusto por el béisbol, cayó víctima de la depresión y ataques de ansiedad y, tras una temporada de 17 fracasos en el 2005 -la peor del año en la Liga Americana- , los Reales lo enviaron para su casa sin saber si volverían a verlo otra vez en una lomita.
Por suerte, ese punto bajo marcaría la partida de la recuperación de Greinke, quien encontró el valor sufiente para reconocer su enfermedad y pedir la ayuda especializada que habría de ponerle en pie y en camino de retorno a la gran carpa.
Y ahora se le compara con el mejor Pedro Martínez, con el Fernando Valenzuela de temporadas inolvidables, y todos caen rendidos a sus pies, desde los aficionados más remotos hasta el más enconado de sus rivales.
Pero nadie como los Reales, que por fin tienen un as para exhibir en una vitrina donde no situaban nada desde hacía décadas y que, en el fondo, respiran con alivio pues si hubieran perdido un ápice de esperanza, habrían perdido algo realmente especial.


























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