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'Qué tiempos aquellos que ya pasaron ...'

 

Especial para El Nuevo Herald

Había, ante todo, el único programa en horario infantil que era visto por adultos: La comedia silente, que cada mañana de domingo exhibía dos o tres cortometrajes humorísticos del cine mudo norteamericano y, de vez en vez, cortometrajes documentales o dramáticos. Si en Cuba la mayoría de las películas mudas fueron entendidas como comedia silente y no como cine silente, se debió, sin duda, a ese excepcional programa.

Más que los propios filmes, su protagonista era una suerte de mago de los efectos de sonido llamado Armando Calderón, el cual no sólo gozaba de singular ingenio para asentar en boca de esos gesticulantes astros de la pantalla de los años 20 los parlamentos más insólitos, sino que, maniobrando con los más dispares utensilios cotidianos, era capaz de ambientar --en una manufactura que hoy llamaríamos arte-- las "estrepitosas'', y no menos vertiginosas, escenas de golpe y porrazo.

Salvo en el caso de Charles Chaplin, a quien Calderón siempre le respetó el nombre de Charles, la mayoría de los actores eran independizados del nombre de sus personajes, o de sus nombres reales, para ser inmortalizados como Cara de Globo y Soplete, los trillizos Barrilito, Barrilete y Barrilote, el amigo Maicena o el amigo Mantequilla; otras veces, algún mote circunstancial a causa de la trama del filme devenía igualmente popular, como el de la Marquesa de las Papadas o el del abusador Matasiete, antagonista de Chaplin en la antológica cinta La calle de la paz.

Del mismo modo, todos los restaurantes se convertían en un solo restaurante: El vaso de agua; todas las tintoterías o lavanderías eran La bola de churre, y todas las novias o damitas en edad de merecer respondían, invariablemente, al cándido --o perverso-- nombre de Lulú. Es, por supuesto, imposible reproducir por escrito las famosas onomatopeyas de Calderón que --aun cuando el programa ya había desaparecido-- dábamos en remedar ante cualquier circunstancia que nos evocara a La comedia silente.

Como bien observara el poeta Omar Pérez en una entrevista realizada al humorista en la década de los 80, una de las claves del éxito --y de la importancia-- de Calderón estribaba no sólo en la reproducción burlesca de sonidos o en el ingenio de sus parlamentos, sino en el hecho de que cada personaje, o ambiente, era homologado con situaciones de la tradición cubana o más bien --añado yo-- con los imaginarios cubanos con respecto a su propia cultura.

Así, joyeros, sastres, peluqueros o tintoreros hablaban con acento francés; los dueños de los restaurantes eran gallegos; los niños mandaderos o recaderos --casi siempre de raza negra-- eran, en benevolencia o en "corrección política'', identificados como secretarios; la música de un baile de salón sonaba como un danzón o algún tarareo semejante; los ocasionales bailes pasionales se acompañaban de tango. El programa comenzaba con Armando Calderón repitiendo --en su habitual tono nasal-- una de las presentaciones más recordadas de la televisión cubana: "Buenos días, queridos amiguitos, papaítos y abuelitos, hoy continuamos con los estrenos del pasado''. Una vez inmerso en la narración, el vocativo "queridos amiguitos'' era reiterado por Calderón para enfatizar asombro, o desconcierto, ante escenas climáticas o de sucesivos golpes y porrazos.

Aunque muchos apostarían su cabeza a que sí la oyeron, la frase "esto es de p [...] queridos amiguitos'' no pertenece a Armando Calderón, sino a una inventiva popular que no hizo más que remedar el propio talento del artista, y rendirle, de paso, un involuntario homenaje.

El Nuevo Herald

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