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'Qué tiempos aquellos que ya pasaron ...'

 

Especial para El Nuevo Herald

Finalmente estaba Agustín Campos como Montelongo Cañón, el siempre contrariado candidato por el Partido Conservador que después de la muerte del actor fuera sustituido por el borracho de Panchón Majagua, interpretado por Carlos Paulín. El Partido Conservador también tenía un matón, Maraña, encarnado por Pedro Bascot y a quien todos llamaban Maaña debido a su dificultad para pronunciar la "ere''. Programa inolvidable fue aquel del juicio en que Maraña acusa a Cheo Malanga de haberle dado una puñalada trapera; como Maraña afirmaba que caminó cinco cuadras con el cuchillo clavado en la espalda, el juez (un borracho Angel Toraño vendido al alcalde) condena a Maraña por el delito de portar armas en la vía pública.

Hubo, por supuesto, muchos otros actores y muchos otros personajes. Para quien fue fanático de San Nicolás del Peladero --y creo que todos los cubanos lo fueron-- la simple mención de estos personajes y de estos actores provocará una casi involuntaria sonrisa, o más probablemente, la más franca y sonora carcajada.

¿Por qué era bueno San Nicolás del Peladero? Porque más allá del libreto, sus actores eran, sencillamente, actores profesionales, y no sólo de vis cómica; eran, además, los mejores comediantes, los que sabían llevar una situación hasta sus últimas consecuencias y los que sabían darse paso con fluidez, ayudarse en el chiste, en la morcilla, hacer cada parlamento inconfundible. Y todo, como ya se ha dicho, a base de la dieta del chiste blanco. Lamentablemente, salvo escasas grabaciones de kinescopios, poco queda de todo esto.

Rumores dicen que se quería que estos programas (como el de La comedia silente) desaparecieran. Las razones nunca las he conocido y sólo atino a suponer que sería como otras tantas directivas sin ton ni son, como la de engavetar, bajo la etiqueta de música ‘‘ociosa'' (así me lo contó el poeta Sigfredo Ariel), a buena parte de esa música cubana que hoy copa el mercado y es, tanto para el turismo dentro de la isla como para el recaudo monetario de las delegaciones cubanas en ferias internacionales, uno de los mayores señuelos con que se vende el "paraíso cubano'' (yo no la pude oír cuando quise hacerlo porque no la transmitían; luego tampoco la podía escuchar porque la vendían en dólares).

Con el humor en televisión no sucedió ni siquiera eso: aquellos actores no pueden ser clonados. El humor pasó a ser, o bien de monólogos (Carlos Ruiz de la Tejera, Mario Aguirre) o bien de videos de programas extranjeros, pero ninguno de los intentos por crear un programa humorístico dio resultado cabal. Mi última experiencia con el humor televisivo dentro de Cuba fue Sabadazo, otro de los fallidos proyectos para crear programas "estelares'' de larga duración, en un medio donde la fiebre por la estelaridad y la gran escena (en la acepción que de ese término hace Juan Formell) ejemplificaba no sólo la escasez de talento, sino también el detrimento, tanto de una cultura televisiva (la cual, sin duda, en términos de actuación, dependía más de los actores de "antes'') como de efectivos mecanismos de producción para la pantalla chica.

Aunque Sabadazo procuró retomar los tipos a la manera del bufo (algunos con éxito indudable) y tuvo el acierto de incluir a jóvenes actores que evidentemente tenían la capacidad de hacer mucho más que lo que aparecía en pantalla, el efecto de conjunto no podía ser más irregular e inconsistente.

No estoy muy al tanto de lo que sucede actualmente con los programas humorísticos en la televisión cubana. Quizás (y ojalá) me equivoque, pero lo poco que he visto no me resulta muy diferente de las constantes de Sabadazo.

Haciendo a un lado actuaciones aisladas en programas musicales o, eventualmente, en espacios concebidos para rutinas de stand up, tal vez ¿Jura decir la verdad? es el programa que ha construido (sobre la base de La Tremenda Corte, a la que rinde un homenaje tardíamente permitido) tipos más simpáticos. Tipos, no obstante, que desde la perspectiva de un San Nicolás del Peladero, dan poco aliento para suponer que habrán de quedar en la memoria (salvo, quién sabe, por el desempeño de el sargento Pantera de Angel Ramis, que ya ha ocupado otros medios o, acaso, por el ingenioso amaneramiento con que Geonel Martín resuelve su Secretario).

A semejanza de los sketches de Sabadazo, los actores de ¿Jura decir la verdad? dan la impresión de ser comediantes de otro ámbito (e incluso, de otro espectro cultural) más ligado a la creación escrita que a la actuación y que tratan de hacer lo mejor que pueden para un estudio que, o bien les resulta limitado por razones extrartísticas o bien les demanda un ejercicio histriónico excesivo para su desempeño habitual, algo de lo que tampoco está exento el propio libreto. Y de ello presiento cierta cómoda rutina, acaso sintomática en otros programas semejantes: el que buena parte de las morcillas o bien son autorreferenciales (al propio programa, a las circunstancias de la actuación y de su puesta en escena, a las misceláneas en torno a ello) o bien son alusiones a la vida privada de los actores.

Del mismo modo --y con independencia de que nos cause gracia por conocer el contexto-- no dejan de ser parte de esta estructura las referencias más o menos directas a la grave situación económica o social cubana. Son en definitiva el aliciente "crítico'' para un público que en un país sin libertad de palabra, lo menos que espera escuchar de un medio de difusión es lo que se dice en la calle y parecen haberse constituido en uno de los recursos más habituales del humorismo para hacer reír dentro de Cuba. Todo ello sin tomar en cuenta factores de producción, presentación o edición que constituirían el equivalente técnico de esas rutinas en escena.

En resumen, que a pesar del buen ingenio del chiste, o de todo lo que se sobreentienda acerca de las dificultades (políticas o técnicas) con las que se hace televisión, lo que es difícil de ver en este tipo de programas es, sencillamente, un libreto bien articulado de principio a fin y representado por buenos actores.

Se ha argumentado que hay falta buenos libretistas y se cuestiona que cómo en un ‘‘país de humoristas'' no puede haber un buen programa de humor. Aparte de los estereotipos sobre el "homo cubensis'' (que independientemente de su "construcción'' también funcionan como factores constitutivos en la medida en que se actúa a partir de ellos) las capacidades, sin duda, se confunden.

El humor de la calle posee una libertad que no posee el humor de la televisión; no está en un escenario (no, al menos, en uno televisivo), sirve de válvula de escape y no paga --siempre poniendo el parche correspondiente para el caso cubano-- las consecuencias. No es necesario ser comediante para hacer reír a un conocido, pero sí es necesario serlo para hacer reír a ese mismo conocido cuando se convierte en televidente.

Poniendo a un lado el tema del profesionalismo de libretistas, actores y productores, una contradicción es evidente: por un lado el humor se considera una obligación nacional, por otra es tachado de tangencial cuando se pretenden establecer parámetros culturales "sólidos'' para distinguir la cultura cubana. Desconozco si en los últimos tiempos ha existido un verdadero paliativo a la tan mencionada crisis del humor televisivo en Cuba; una más, en definitiva, de tantas otras crisis.

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