Cuando los cubanos nos ponemos solemnes casi siempre hacemos el ridículo. Ocurre en la vida cotidiana y la expresión artística. En el cine pasa igual. Mientras los mexicanos, españoles y argentinos se dan el lujo de atesorar sus joyas del género melodramático, a la gran mayoría de los filmes cubanos "serios'' siempre hay algo'' que objetarles.
Los críticos se afanan en buscar las razón de tanto hieratismo y falta de gracia entre nuestros actores. Unos afirman que no están hechos para la tragedia y que el pavor al ridículo que padecen los escritores los conduce a concebir historias que no convencen a nadie. Lo cierto es que a buena parte de los dramas les falta verosimilitud.
Así ha ocurrido en el cine de todas las épocas. Sin embargo, cuando se trata de hacer reír las películas cubanas salen a flote por encima de cualquier escollo. Es una virtud gestada en los albores de la era parlante que se afianzó en las comedias de la etapa republicana y prevaleció en el cine posterior a 1959, a pesar de las censuras.
En la década de los 30 se sentaron las bases de un esquema que se repitió en las décadas siguientes. Tramas ligeras, música de la buena y comediantes de primera. La lista de actores es interminable. Aníbal de Mar, Leopoldo Fernández, Alberto Garrido, Federico Piñero y una constelación nacida en el teatro vernáculo con virtudes comunes: la facilidad para el chiste, el canto, el baile y el sentido de la improvisación.
Eran artistas hechos frente al público en el día a día que traducían la picardía del cubano común, su irreverencia y esa capacidad de adaptarse a las circunstancias de la que somos maestros. Sus personajes podían representar al pícaro de la calle, empleadas domésticas, guajiritas astutas o damas encopetadas de dudoso pedigree. Daba igual, lo importante era verlos en su salsa.
Dudo que siguieran el guión al pie de la letra. Como se formaron lejos de las academias y carecían de amarres teóricos, la espontaneidad era su marca de fábrica. Basta echarle un vistazo a Estampas habaneras (1939) para disfrutar las "morcillas'' --esos parlamentos fuera de libreto destinados a provocar la carcajada-- de Garrido, Piñero y Alicia Rico, tal como lo hicieron en Cancionero cubano (1939), una revista musical con figuras de la categoría de Ernesto Lecuona y Zoraida Marrero.
Por esa época Garrido y Piñero también filmaron La última melodía (1939). Pero un año antes Ramón Peón los dirigió junto a Rita Montaner en El romance del palmar (1938), un clásico que escapa de las críticas gracias a la frescura del binomio y las intervenciones de una Rita en la plenitud de sus facultades vocales. Faltaba tiempo para que la Montaner demostrara su veta humorística, tal como lo hizo en La única (1952), comedia detectivesca de Peón donde recurre a sus gestos para burlarse de San Francisco de Asís, los líderes sindicales y el dictador Fulgencio Batista. Si nunca la vio en esa faceta, ahí está Víctimas del pecado (1951), una de sus incursiones en la industria mexicana donde se "come'' al reparto completo.
Es imposible hacer un recuento sin mencionar las huellas que dejaron Leopoldo Fernández y Aníbal de Mar en la pantalla. Para tener una idea de la grandeza del binomio basta revisar Olé Cuba (1957) --donde comparten cartel con Mimí Cal, otra grande del bufo-- y verlos guarachar en la Plaza de la Catedral habanera. Fernández y De Mar participaron en Fantasmas del Caribe (1942), Música, mujeres y piratas (1950), Hotel de muchachas (1950), Príncipe de contrabando (1950) y otras cintas que plasmaron su versatilidad.






























Mi Yahoo