• Salir
  • Centro de Membresía

La risa en la sombra: muerte del humor político en Cuba

 

Especial para El Nuevo Herald

En manos del Estado la prensa y los medios de comunicación, y ese Estado a su vez en manos de una voluntad única, no quedó nada del ejercicio de libre y sano albedrío. La única ventana diminuta para el humor político fue la burla inclemente del pasado, que de tanto ser llevado al presente, perdió el sentido de tiempo ya ido, para convertirse en la máscara del hoy mismo. La realidad fue pareciéndose peligrosamente a lo que nadie recordaba ya. O recordaba solamente a través del choteo.

Fue una máscara. Una mordaza amarga, pero doblez al fin y al cabo. El exterior cumplía con los dictámenes del Estado autoritario. Las segundas lecturas comenzaban rostro adentro. Nació la hipérbole, que es insana, porque está fabricada de espejos, de tortuosos caminos, de retruécanos. De tanto hablar del futuro luminoso se perdieron los ojos. Y la gente común comenzó a preguntarse si el futuro iba a llegar algún día.

Pero hay un pero. Un pero profiláctico. El choteo, el sí de puerta hacia afuera y el no o el tal vez en la sombra, han sido desde entonces el don más preciado del cubano, a contrapelo de lo que advirtió Mañach: "Si se hiperboliza este don, empieza por codiciarse la comodidad vital de la alegría y se puede llegar a exigir ese lujo vital que es la absoluta independencia de toda autoridad''[...]. El choteo clasifica sin ningún inconveniente entre las formas de resistencia.

No puede hiperbolizarse una ideología que bebe directamente del mesianismo y de la liturgia de las religiones. Es imposible que se vaya más allá de las fronteras que dicta en persona el hiperbolizador en Jefe. Lo real se hizo representación teatral, entrando en la categoría de irrealidad. La realidad era otra, desconocida por la verdad oficial, sin representación visual en el discurso cotidiano. Era la vida fingida, que te hace sentirte cómplice, actor de un juego de falsas improvisaciones y estudiadas espontaneidades. Y por desgracia fue una suerte.

Si no existe esta trágica contradicción entre lo ideal y lo real, no puede haber chistes contra el autoritarismo. Un especialista en el tema lo ejemplifica de este modo: ‘‘Un húngaro va a un hospital de Budapest y pregunta por el departamento de ojos y oídos, le dicen que hay dos secciones distintas: una que se ocupa de los ojos y la otra que se ocupa de los oídos. "Ah, pero entonces tengo que ir a las dos'', dice y suspira. ‘‘No sé qué me está pasando últimamente. No veo lo que oigo''.

El chiste no busca subvertir la realidad, sino pervertirla o revertirla momentáneamente. Busca pensamientos afines, solidaridad en la opinión, complicidad en el delirio de la desgracia que nos dicen suerte. En una sociedad socializada, el chiste político deja el amargo pero inigualable y duradero sabor del pecado.

Se es héroe durante 30 segundos. Se sabe que alguien --el inventor o adaptador del chiste-- estaba pensando en uno mismo. Se intuye un semejante en la sombra. Queda, entre el miedo fugaz, el regusto de haber traspasado momentáneamente las rejas de lo absoluto. Se ríe porque se duda. Mas, al mismo tiempo, se teme.

Es, de alguna manera, como haberse pasado por un momento al enemigo que luego se sale a combatir entre consignas, con una fe un poco más agujereada. Si el enemigo ríe, entonces no es tan malo como lo pintan. Es la única manera en que la irrealidad se hace real. Lo kafkiano cobra ribetes descarnadamente humanos y peligrosos. No hay ojos, pero sí oídos y bocas.

El autoritarismo es solemne. Los dictadores no ríen y sus peores pesadillas son las carcajadas y el ridículo. Tal vez esa es la esencia de un revelador chiste alemán de los años 60: Un día se encuentran Walter Ulbricht (el líder estalinista de la antigua RDA) y Willy Brandt en el ámbito personal y conversan: "¿Tiene usted alguna afición, Herr Brandt?", pregunta Ulbricht. "Sí'', responde Brandt, "colecciono chistes sobre mí. ¿Y usted qué hace?". "Yo colecciono gente que colecciona chistes sobre mí''.

Cuando llega la noche, los ciudadanos de Inglaterra, Francia, España y hasta en la misma Rusia, se sientan a disfrutar de un programa de humor donde los muñecos representan a sus políticos más cercanos.

En Cuba no. Como muñecos rotos, los cubanos se sientan a reír nueva y viejamente del pasado. Sueñan, en el sueño profundo, con el día en que puedan convertirse en ciudadanos.

El Nuevo Herald

Súmese a la discusión

El Nuevo Herald tiene el gusto de ofrecerle la oportunidad de compartir información, experiencias y observaciones sobre las noticias que cubrimos. Los comentarios que haga pueden ser publicados tanto en nuestro sitio en línea como en el periódico. Lo invitamos a que participe en un debate abierto sobre los asuntos del día y le pedimos que evite el uso de palabras obscenas, frases de odio, comentarios personales y señalamientos que puedan resultar ofensivos. Gracias por ofrecernos sus opiniones.

Hemos incorporado un nuevo sistema de comentarios llamado Disqus. Esto le permite a nuestros lectores la opción de firmar lo que escriben utilizando su contraseña actual en El Nuevo Herald.com, su nombre de usuario de Facebook, Twitter o su cuenta en ElNuevoHerald.Disqus.

Esconder Comentarios

Esto afectará los comentarios en todas las historias.

Canceler OK
  • Videos